Introducción
Hay una diferencia enorme entre la tragedia de un hombre que cae y la serenidad de un hombre que, tras haberlo perdido todo, aprende por fin a mirar su vida con paz. Edipo en Colono es la segunda cosa. Sófocles la escribió a sus noventa años, poco antes de morir, y en ella el poeta más anciano de Grecia habla, a través de un viejo ciego y desterrado, de lo que significa llegar al final del camino con la frente alta.
Han pasado muchos años desde que Edipo descubriera la verdad atroz sobre sí mismo y se arrancara los ojos. Ahora es un mendigo errante, expulsado de Tebas, sostenido por el amor incansable de su hija Antígona. Agotado, llega a Colono —un bosque sagrado a las afueras de Atenas, y precisamente el lugar donde había nacido el propio Sófocles—, y allí se detiene. No sabe que ha llegado al sitio señalado por un oráculo: la tierra que acoja su cuerpo quedará, misteriosamente, bendecida y protegida.
Ese es el giro extraordinario de la obra. El hombre convertido en símbolo de la maldición y la impureza, aquel a quien todos temían tocar, se ha vuelto de pronto un ser sagrado, portador de una bendición. Y ahora todos lo quieren: Creonte llega de Tebas para llevárselo por la fuerza, y hasta su propio hijo Polinices viene a reclamarlo, no por amor, sino por interés político. Pero Edipo ya no es el rey impulsivo de antaño. Los años y el dolor lo han transformado: «los sufrimientos, la vejez y también mi propia índole me han enseñado a condescender con todo», dice. Con lucidez serena, rechaza a quienes lo usan, maldice a los hijos que lo traicionaron y elige entregarse a Atenas, cuyo noble rey Teseo lo acoge sin pedir nada a cambio.
El final es de una belleza sobrecogedora y única en el teatro griego. Edipo no muere de una muerte cualquiera: llamado por una voz divina, se aleja sereno, y su cuerpo desaparece sin dejar tumba, como recogido por los dioses. El más desdichado de los hombres tiene el más luminoso de los finales, y su paso al otro mundo se convierte en un don perpetuo para la ciudad que lo acogió.
Es imposible no leer en esta obra el testamento del propio Sófocles: un anciano que, al borde de la muerte, reflexiona sobre el sufrimiento de toda una vida y encuentra en él, no amargura, sino una extraña dignidad y hasta una forma de gracia. Cierre de la gran trilogía tebana —junto a Edipo Rey y Antígona—, Edipo en Colono es una meditación inolvidable sobre la vejez, la reconciliación y el misterio de la muerte, que sigue consolando a quien la lee con una verdad sencilla y honda: que incluso la vida más golpeada puede alcanzar, al final, la paz.