Introducción
Un poema en prosa desgarrador y visionario de Leonid Andréiev, uno de los grandes de la literatura rusa del cambio de siglo. La voz que canta es la de Jerónimo Pascaña, «bandido siciliano, asesino, ladrón, facineroso», encerrado en una cárcel. Como el carcelero tiene «las orejas peludas» y no deja entrar en ellas más que palabras pérfidas, Jerónimo talla su canción en una piedra y la coloca en el borde del muro, esperando que un nuevo terremoto la haga caer sobre el cráneo de su guardián: «¡pasaré por tu cráneo!».
Porque Jerónimo ya vivió, una vez, un día de cólera —un Dies irae—: el gran terremoto que abrió la tierra del cementerio y sacó a los muertos de sus tumbas, que derribó la ciudad entera y, con ella, los muros de la prisión. En medio del horror y la muerte —las imágenes de los santos tambaleándose «como los borrachos», los frailes huyendo de un camino desierto, los fusilados—, el bandido probó por unas horas la libertad; «allá abajo, nada temía». Y descubrió, entre las ruinas, una naranja intacta en su rama: «una buena naranja es como un pequeño sol».
Pero los gendarmes volvieron a detenerlo, y el hombre —el «amo»— reedificó la cárcel con pasmosa presteza: «tus templos aún están en ruina, pero tu prisión está ya construida de nuevo». La canción termina en un grito de rebeldía absoluta: Jerónimo no cree en el hierro ni en la piedra ni en la fuerza del amo, porque «lo que yo he visto derribado no volverá a alzarse jamás». Y anuncia que el trombolista subterráneo tocará de nuevo, y entonces todo caerá. «Dies irae» es un himno feroz a la libertad y una acusación contra la crueldad humana que construye prisiones más deprisa que templos.