Introducción
«Si soy yo el héroe de mi propia vida o si otro cualquiera me reemplazará, lo dirán estas páginas.» Con esta pregunta inolvidable arranca David Copperfield, la novela que el propio Charles Dickens declaró su preferida —«mi hijo predilecto», dijo— y la más cercana a su corazón. En ella, el gran narrador victoriano vertió buena parte de sus recuerdos y heridas de infancia, y escribió una de las historias de formación más emocionantes, tiernas y divertidas de toda la literatura.
David nace poco después de morir su padre, y sus primeros años transcurren en una burbuja de felicidad junto a su joven y frágil madre y a la entrañable criada Peggotty. Pero esa dicha se hace añicos cuando su madre se casa con el señor Murdstone, un hombre frío y despiadado que, con el pretexto de la «firmeza», somete a la casa a un régimen de terror, maltrata al niño y lo aparta de su madre. Enviado a un colegio brutal y, tras quedar huérfano, obligado siendo casi un niño a trabajar pegando etiquetas en una fábrica de Londres —el episodio más autobiográfico y doloroso del libro—, David conoce muy pronto el desamparo, la humillación y la soledad.
Su vida da un vuelco cuando, desesperado, huye a pie hasta la casa de su tía abuela, la excéntrica y de áspero corazón de oro señorita Betsey Trotwood, que lo acoge y le da una nueva oportunidad. A partir de ahí, la novela sigue el largo camino de David hacia la madurez: sus estudios, sus amistades, sus amores, sus errores y su vocación de escritor, en un vasto retrato de la Inglaterra de su tiempo poblado de personajes irrepetibles.
Porque si algo hace inmortal a David Copperfield es su galería humana. El señor Micawber, siempre arruinado y siempre confiando en que «algo aparecerá», con su célebre aritmética de la felicidad y la miseria; el untuoso, hipócrita y rastrero Uriah Heep, una de las mayores encarnaciones de la bajeza en la literatura; la encantadora y aniñada Dora; la serena y fiel Agnes; el noble pescador Peggotty y la desdichada Emily. Todos ellos acompañan a David en un relato que mezcla como nadie el humor y las lágrimas, la comedia y el drama.
Bajo la aventura vital late una honda reflexión sobre la memoria y el corazón. David aprende, a golpes, la diferencia entre el amor impulsivo y el amor verdadero, entre la ilusión y la constancia; aprende lo que su tía llama la necesidad de disciplinar «el primer impulso de un corazón indisciplinado». Y aprende, sobre todo, que las heridas de la infancia se llevan siempre dentro, pero que es posible crecer a partir de ellas y encontrar el propio lugar en el mundo.
Escrita en primera persona, con la calidez de quien recuerda su propia vida, David Copperfield es Dickens en estado puro: su compasión por los niños y los débiles, su humor inagotable, su crítica social y su fe en la bondad. Una novela para leer, reír, llorar y guardar para siempre, en la que millones de lectores han reconocido, generación tras generación, algo de su propia historia.