Introducción
Uno de los diálogos más breves y conmovedores de Platón, una lección imperecedera sobre la conciencia moral y el respeto a la ley. Sócrates ha sido condenado a muerte injustamente y aguarda en su celda la llegada del barco sagrado de Delos, cuyo regreso marcará el día de su ejecución. Al amanecer lo visita su viejo y fiel amigo Critón, que ha sobornado a los guardias y le trae una propuesta desesperada: huir de Atenas y salvar la vida.
Critón despliega todos sus argumentos —la amistad, el deber hacia sus hijos, el qué dirán, la injusticia de la sentencia—. Pero Sócrates, sereno ante la muerte —«sería cosa poco racional que un hombre, a mi edad, temiese la muerte»—, se niega a examinar la cuestión con la razón y no con la pasión. Establece un principio fundamental: lo importante no es vivir, sino vivir bien, es decir, «vivir como lo reclaman la probidad y la justicia», y por ello no hay que atender a la opinión de la mayoría, sino a la del que sabe.
En el momento culminante, Sócrates imagina a las Leyes de Atenas dirigiéndose a él para persuadirlo de que huir sería devolver injusticia por injusticia y destruir el pacto que lo ha hecho ser quien es. Con esa personificación de las Leyes, el «Critón» plantea de forma insuperable el problema de la obediencia civil, la coherencia entre el pensamiento y la vida, y la fidelidad a los propios principios hasta la muerte.