Introducción
Hay escritores que no escriben: descargan. Robert E. Howard era uno de ellos. Desde su cuarto en Cross Plains, Texas, un pueblo tan pequeño que el horizonte lo aplastaba por todos lados, este hijo de médico rural tecleaba a una velocidad casi febril, como si las historias le quemaran por dentro y la única cura fuera soltarlas sobre el papel. Murió a los treinta años, y sin embargo dejó un mundo entero detrás: el mundo de la Era Hiboria, ese continente imaginario anterior a la historia conocida donde reina la espada, el músculo y una magia tan oscura que huele a sangre y azufre.
En ese mundo vive Conan. No nació en un palacio ni fue elegido por ningún destino: nació en un campo de batalla, hijo de un herrero cimmerio, y desde adolescente aprendió que el único argumento que nadie puede rebatir es la fuerza de un brazo bien entrenado. Lo que Howard construyó no fue un héroe en el sentido clásico, sino algo más incómodo y más honesto: un hombre que no pide permiso, que no se disculpa por existir, que atraviesa civilizaciones enteras como un cuchillo atraviesa la seda.
Conan el guerrero reúne algunas de las aventuras más intensas y mejor logradas del bárbaro cimmerio. No son relatos de relleno ni episodios menores: son piezas en las que Howard estaba completamente encendido, capaz de pasar en pocas páginas del horror sobrenatural más genuino a la acción más física y trepidante, sin que ninguno de los dos registros le reste fuerza al otro. Esa combinación —terror y aventura, lo antiguo y lo salvaje— es la marca de fábrica que ningún imitador ha logrado reproducir del todo.
Porque Howard tenía algo que sus seguidores rara vez consiguen: creía en su mundo. No lo construía desde la distancia irónica del autor que sabe que todo es ficción. Lo habitaba. Y esa convicción se transmite en cada frase, en cada descripción de una ciudad decadente o de una llanura bajo la luna, en cada combate donde los huesos crujen y el miedo es tan real como el acero.
Leer a Howard hoy es también leer a un hombre atrapado entre su tiempo y algo que lo superaba. Sus textos llevan las marcas de la América de los años treinta —sus prejuicios, sus miedos, su fascinación por la fuerza bruta como respuesta a un mundo en crisis— pero también llevan algo que trasciende todo eso: una energía narrativa primitiva, casi oral, que conecta directamente con la parte del lector que todavía disfruta de que le cuenten una historia sin red.
Conan no es un personaje que invite a la identificación fácil. Es demasiado grande, demasiado libre, demasiado ajeno a las pequeñas negociaciones que componen una vida normal. Pero precisamente por eso funciona: es lo que ninguno de nosotros será jamás, narrado con tal convicción que por unas horas casi parece posible.
Abrir este libro es cruzar un umbral. Al otro lado no hay comodidad ni garantías, pero hay algo que la literatura más prudente rara vez ofrece: la sensación de que el mundo es vasto, peligroso y completamente vivo.