Introducción
Uno de los relatos más enigmáticos e influyentes de la literatura estadounidense, un cuento de Herman Melville que anticipa en un siglo la literatura del absurdo y la alienación moderna. El narrador es un plácido abogado de Wall Street, cómodo entre bonos e hipotecas, que contrata a un nuevo escribiente para su bufete: Bartleby, un joven pálido, pulcro y en apariencia irreprochable, que al principio copia documentos con diligencia mecánica.
Pero un día, cuando el abogado le pide que revise una copia, Bartleby responde con voz «singularmente suave y firme» tres palabras que resonarán para siempre: «Preferiría no hacerlo». Y a partir de ahí las repite ante cada tarea, con una pasividad inquebrantable, sin cólera ni insolencia. Poco a poco deja de trabajar por completo, se niega a marcharse, y acaba viviendo, inmóvil, en la propia oficina, contemplando el muro de ladrillos que se alza al otro lado de la ventana.
El abogado, desconcertado y conmovido, incapaz de forzarlo, despedirlo o comprenderlo, termina mudándose él mismo de oficina para librarse de aquella presencia. Los nuevos inquilinos hacen detener a Bartleby por vagabundo; encerrado en la prisión de las Tumbas, «prefiere no» comer, y muere acurrucado de cara al muro. Solo después sabrá el narrador que Bartleby había trabajado en la Oficina de Cartas Muertas. El relato se cierra con un lamento inolvidable: «¡Ah Bartleby! ¡Ah, la humanidad!». «Bartleby, el escribiente» es una obra maestra sobre la resistencia pasiva, la soledad y la incomunicación.