Introducción
Un extranjero que oyera por primera vez la palabra «matambre», con el énfasis de un gaucho hambriento, creería —bromea Echeverría— que es el nombre de «alguna persona ilustre». Sobre ese equívoco monta una apología mock-heroica: un elogio solemne y disparatado del célebre corte de carne rioplatense, tratado como si fuera un varón ilustre digno de biografía.
El juego es puro humor erudito: Echeverría parodia la retórica grandilocuente, presume de orgullo porteño frente al roast-beef inglés y el maccaroni italiano, cita a Antonio Pérez para acuñar su propia máxima —«sólo los grandes estómagos digieren matambre»— y hasta desliza una filosofía risueña sobre la imperfección de todas las cosas: «la más casta resbala, la más virtuosa cojea». En medio del festín verbal, una anécdota tierna: el niño que, invitado a elegir entre el matambre «gordo o flaco», reclama «gordo, flaco y pegado».
Bajo la broma late algo serio: la afirmación de lo propio, de lo criollo, frente a lo importado, y el gusto por la lengua como fiesta. Cerrado con un guiño a Hamlet —«words, words, words»—, este artículo es una joya del costumbrismo argentino y una muestra del ingenio de uno de los fundadores de su literatura.