Introducción
¿Cuánto vale la verdad? ¿Estarías dispuesto a morir antes que renunciar a pensar por ti mismo? Hace casi dos mil cuatrocientos años, un anciano de Atenas respondió a esa pregunta con su propia vida, y de aquel gesto nació uno de los textos que fundaron la filosofía occidental: la Apología de Sócrates.
Sócrates tenía setenta años cuando lo llevaron ante un tribunal de quinientos ciudadanos, acusado de no creer en los dioses de la ciudad y de «corromper a la juventud». Detrás de esos cargos había, en realidad, algo más incómodo: durante décadas, Sócrates se había dedicado a recorrer Atenas haciendo preguntas, desmontando con su ironía las falsas certezas de políticos, poetas y notables, dejando al descubierto que muchos de los que presumían de sabios no sabían en el fondo nada. Esa incomodidad le había ganado poderosos enemigos. La Apología —escrita por su discípulo Platón— recoge el discurso con que se defendió.
Y lo asombroso es cómo se defiende. No suplica, no adula al jurado, no promete corregirse. Al contrario: reivindica su vida entera. Cuenta que el oráculo de Delfos lo había proclamado el más sabio de los hombres, y que él, convencido de no saber nada, se propuso refutarlo interrogando a los que pasaban por sabios. Descubrió entonces la clave de toda su filosofía: la diferencia entre ellos y él no era que él supiera más, sino que «ellos creen saber aunque no saben, y yo, no sabiendo, sé al menos que no sé». Esa docta ignorancia —el famoso «solo sé que no sé nada»— es el principio de toda búsqueda honesta de la verdad.
Sócrates se compara con un tábano que pica a un caballo grande y perezoso —Atenas— para que no se adormezca, y advierte que, si lo condenan, no se hacen daño a él, sino a sí mismos, porque no es fácil que encuentren otro que los despierte. Se niega en redondo a dejar de filosofar aunque le prometan la absolución a cambio, porque para él una vida sin examen, sin reflexión, no es una vida digna de un ser humano. Prefiere morir siendo fiel a sí mismo que vivir traicionando lo que cree.
Y cuando el tribunal lo condena a muerte, su serenidad resulta casi sobrehumana. No teme morir, dice, porque temer a la muerte es creer saber lo que no se sabe: la muerte es quizá el mayor de los bienes, un sueño sin sueños o un viaje para conversar con los grandes hombres del pasado. Y sobre todo, está convencido de que «al hombre de bien no puede sucederle ningún mal, ni en la vida ni después de la muerte». Sus últimas palabras ante los jueces son de una calma que estremece: «es hora de partir; yo a morir, vosotros a vivir; quién lleva la mejor parte, solo Dios lo sabe».
Retrato del primer mártir de las ideas, la Apología ha inspirado a filósofos, disidentes y hombres libres de todas las épocas. Es la defensa perpetua de la conciencia individual frente al poder, del pensamiento crítico frente al dogma, y de una convicción que no ha perdido un ápice de fuerza: que examinar la propia vida, cuestionar, dudar y buscar la verdad no es un lujo, sino la única manera de vivir de verdad.