Introducción
¿Qué haces cuando una ley te ordena algo que tu conciencia rechaza? ¿Obedeces, o desobedeces y aceptas las consecuencias? Esa pregunta, que sigue en el corazón de toda lucha por la justicia, la formuló Sófocles hace casi dos mil quinientos años con una fuerza que nadie ha superado. Su respuesta tiene nombre de mujer: Antígona.
La historia continúa la maldición de la casa de Edipo. Sus dos hijos, Eteocles y Polinices, se han matado el uno al otro luchando por el trono de Tebas. El nuevo rey, Creonte, dicta entonces un decreto tajante: Eteocles será enterrado con todos los honores, pero el cuerpo de Polinices, considerado traidor a la ciudad, quedará insepulto, expuesto a los perros y a las aves, y quien se atreva a darle sepultura morirá. Para un griego, negar el entierro era una afrenta atroz, capaz de condenar al alma del muerto: Creonte no castiga solo un cuerpo, sino que se atreve a suspender una ley sagrada.
Y ahí se alza Antígona, hermana de los caídos. Frente al edicto del rey opone algo más antiguo y más alto: las leyes no escritas de los dioses, que «no son de hoy ni de ayer, sino de siempre». «No era Zeus quien me la había decretado», dice de la orden de Creonte; ninguna autoridad humana puede obligarla a abandonar a su hermano. Con una decisión serena y terrible, entierra el cadáver sabiendo perfectamente lo que le espera. No actúa por rebeldía ni por odio —«no nací para compartir el odio, sino el amor»—, sino por fidelidad a un deber que siente más sagrado que cualquier ley.
Frente a ella, Creonte encarna la otra cara del drama: el poder que confunde firmeza con razón y no sabe ceder. Su tragedia es la del orgullo, la hybris que los griegos temían: cuanto más se le advierte —su hijo Hemón, prometido de Antígona; el adivino Tiresias—, más se obstina, hasta que la catástrofe se abate sobre él y lo pierde todo. Porque, como avisa el coro, «es terrible ceder, pero también lo es resistir en un furor que acabe chocando con el castigo de los dioses».
Lo asombroso de Antígona es que no ofrece una respuesta fácil. Sófocles da voz a los dos lados: el orden de la ciudad que Creonte defiende no es un capricho, y la desobediencia de Antígona tiene un precio altísimo. Por eso la obra se ha releído en cada época como espejo de sus propios conflictos —de las dictaduras del siglo XX a los debates actuales sobre la conciencia, la resistencia y la justicia—, y su protagonista se ha vuelto un símbolo imperecedero de quien dice «no» al poder cuando el poder se equivoca. Dos milenios y medio después, sigue interpelándonos con la misma pregunta ardiente: ¿hasta dónde obedecer?