Introducción
«Todas las familias felices se parecen entre sí; pero cada familia desgraciada tiene un motivo especial para sentirse así.» Con una de las frases iniciales más célebres de la literatura arranca Ana Karénina, la novela que muchos escritores —de Dostoyevski a Nabokov, de Faulkner a Vargas Llosa— han considerado sencillamente la más perfecta jamás escrita. En sus páginas, León Tolstói despliega un mundo entero y lo hace latir con una verdad que dos siglos no han logrado apagar.
En el centro está Ana, una de las heroínas más inolvidables de todos los tiempos. Casada con Alexis Karenin, un frío y respetable alto funcionario de San Petersburgo, y madre de un niño al que adora, Ana parece tenerlo todo. Hasta que en un andén de estación conoce al conde Vronsky. Lo que empieza como una atracción se convierte en una pasión incontenible, un amor que Ana no podrá ni querrá reprimir y por el que acabará arriesgándolo todo: su matrimonio, su hijo, su honor y su lugar en una sociedad que perdona el adulterio discreto pero castiga sin piedad a quien se atreve a vivirlo a la luz del día.
Pero Ana Karénina no es solo la historia de Ana. En paralelo, Tolstói cuenta la de Konstantín Levin, un terrateniente idealista, tímido y atormentado por las grandes preguntas —qué es una vida buena, cómo debe organizarse la sociedad, si existe Dios, para qué vivimos— que es, en buena medida, un autorretrato del propio autor. Frente a la pasión devoradora de Ana, Levin busca su camino en el trabajo de la tierra, en el contacto con los campesinos y en el amor paciente y luminoso de la joven Kitty. Las dos historias, hábilmente entrelazadas, ofrecen dos respuestas opuestas a la misma pregunta: cómo vivir.
Lo prodigioso de Tolstói es su mirada. Nadie ha sabido como él penetrar en la conciencia de sus personajes y hacernos sentir lo que sienten, comprender sus contradicciones, amarlos y juzgarlos a la vez. Ana no es una villana ni una simple víctima: es un ser humano complejo, arrastrado por una fuerza que lo supera. A su alrededor, decenas de personajes —maridos, amantes, hermanos, campesinos, aristócratas— componen un fresco vastísimo y vivo de la Rusia de su tiempo, con sus salones y sus campos, sus bailes y sus siegas, sus debates sobre el matrimonio, la religión y el progreso.
Bajo la superficie de la novela de amor late, además, una honda meditación moral y espiritual. La pasión de Ana, hermosa y sincera, lleva sin embargo en su seno la semilla de la destrucción; la búsqueda de Levin, torpe y titubeante, va abriéndose paso hacia una forma de paz. Tolstói no juzga desde fuera: nos hace vivir ambos destinos y extraer nuestras propias conclusiones sobre la felicidad, la culpa y el sentido de la vida.
Publicada entre 1875 y 1877, Ana Karénina es una de esas obras totales que contienen un universo. Se puede leer como un drama pasional que atrapa desde la primera página, o como la más profunda de las reflexiones sobre lo que significa ser humano. En cualquier caso, quien entra en ella no vuelve a salir igual.