Introducción
Hay escritores que construyen mundos y escritores que destruyen certezas. Howard Phillips Lovecraft pertenece a la segunda estirpe, y en ese pequeño texto que tienes entre las manos —breve, casi secreto, titulado con una honestidad desconcertante— lleva esa vocación hasta su consecuencia más radical: escribir sobre algo que no existe.
El título ya es, en sí mismo, una declaración filosófica. No una trampa ni un juego de palabras: una advertencia. Lovecraft, que pasó su vida entera cartografiando lo innombrable, lo que acecha más allá del umbral de la comprensión humana, se detiene aquí a reflexionar sobre los fundamentos mismos de su propio arte. ¿Cómo se escribe sobre aquello que carece de forma, de nombre, de existencia verificable? ¿Qué clase de lenguaje puede rozar lo que, por definición, escapa al lenguaje?
Lovecraft fue muchas cosas contradictorias: un hombre del siglo XVIII atrapado en el XX, un materialista convencido que poblaba sus ficciones de dioses cósmicos, un solitario de Providence que correspondía con centenares de personas en cartas que sumaban millones de palabras. Pero sobre todo fue alguien que pensó la literatura con una seriedad casi feroz. Sus ensayos y notas no son curiosidades marginales: son el laboratorio donde el monstruo cobra forma antes de aparecer en el relato.
Este texto pertenece a ese territorio íntimo. No es ficción, pero tampoco es exactamente crítica ni teoría en el sentido académico. Es algo más parecido a un pensamiento en voz alta, a la anotación de un hombre que necesita entender qué está haciendo cuando escribe, por qué ciertas imágenes producen en el lector esa sensación particular de vértigo que él llamaba cosmic horror: el horror de comprender que el universo es indiferente, antiguo e incomprensible, y que nosotros somos en él algo insignificante y accidental.
Leer a Lovecraft ensayista es descubrir que el miedo que sembraba en sus cuentos no era instintivo sino construido, elaborado con una precisión casi artesanal. Detrás de Cthulhu y de los Mitos no había delirio sino arquitectura. Y en estas páginas se puede ver, con una claridad inhabitual, al arquitecto trabajando: eligiendo materiales, descartando soluciones, preguntándose por qué una determinada combinación de palabras abre una grieta en la realidad cotidiana del lector.
Hay algo profundamente moderno en esa pregunta. Vivimos en una época saturada de imágenes, de explicaciones, de datos; y sin embargo la sensación de que algo esencial se nos escapa, de que la realidad tiene una trastienda a la que no tenemos acceso, no ha disminuido sino que se ha intensificado. Lovecraft lo supo antes que nadie: el verdadero terror no viene de lo que vemos, sino de lo que intuimos que existe más allá de lo que podemos ver.
Estas notas son, en ese sentido, una invitación a pensar junto a uno de los imaginadores más singulares del siglo pasado. No hace falta haber leído sus cuentos para encontrarlas fascinantes, aunque quien los conozca reconocerá aquí las raíces de muchas de sus obsesiones. Y quien llegue virgen a Lovecraft encontrará algo quizás más valioso: la oportunidad de entrar en su universo no por la puerta de los monstruos, sino por la puerta más inquietante todavía de las ideas que los hicieron posibles.
Pocas veces un título cumple tan cabalmente su promesa. Esto es, en efecto, algunas notas sobre algo que no existe. Y cuando termines de leerlas, puede que ya no estés tan seguro de esa última parte.