La vocación temprana
Victor Hugo nació en Besançon el 26 de febrero de 1802, hijo de un general del ejército napoleónico. Precoz y ambicioso, decidió muy joven que sería escritor —«quiero ser Chateaubriand o nada», anotó de adolescente— y a los veinte años ya publicaba poesía y recibía una pensión real. Su larguísima vida, que abarcó casi todo el siglo XIX, discurrió en paralelo a las convulsiones de Francia: la Restauración, las revoluciones de 1830 y 1848, el Segundo Imperio y la Tercera República. Hugo no fue un espectador de esa historia, sino uno de sus protagonistas y su conciencia.
El líder del Romanticismo
Hugo se convirtió en el jefe indiscutible del Romanticismo francés. El estreno de su drama Hernani en 1830 provocó la célebre «batalla» entre los partidarios de las viejas reglas clásicas y los jóvenes románticos, y significó el triunfo de la nueva estética: la libertad del arte, la mezcla de lo sublime y lo grotesco, la primacía de la pasión y la imaginación. En el prefacio de su drama Cromwell había formulado ya el manifiesto de esa revolución literaria. Como poeta, renovó el verso francés con una fuerza, una musicalidad y una amplitud de registros incomparables, del lirismo íntimo a la gran poesía visionaria y épica de La leyenda de los siglos.
Las grandes novelas
Nuestra Señora de París (1831) resucitó el esplendor del Medievo en torno a la catedral gótica y a personajes inolvidables como el jorobado Quasimodo y la gitana Esmeralda, y contribuyó a salvar el patrimonio medieval francés. Pero su obra cumbre es Los miserables (1862), monumental novela sobre la redención del expresidiario Jean Valjean, la persecución del implacable Javert, la miseria de Fantine y la insurrección de 1832. Es a la vez un fresco social de proporciones épicas, un alegato contra la injusticia y una meditación sobre la conciencia, la ley y la gracia. Pocas novelas han conmovido a tantos lectores en todo el mundo ni han abogado con tanta fuerza por los humillados.
El compromiso político
Hugo evolucionó del monarquismo de su juventud a un republicanismo humanitario cada vez más firme. Elegido diputado, se enfrentó abiertamente a Luis Napoleón cuando este dio un golpe de Estado y se proclamó emperador en 1851. Por su oposición tuvo que exiliarse, y pasó casi veinte años fuera de Francia, sobre todo en las islas anglonormandas de Jersey y Guernsey. Desde allí bombardeó al régimen con panfletos demoledores como Napoleón el Pequeño y Los castigos, convirtiéndose en la voz moral de la resistencia. Rechazó las amnistías: «cuando la libertad vuelva, volveré yo».
Las grandes causas
Hugo puso su inmenso prestigio al servicio de las causas de su tiempo: combatió la pena de muerte —ya en su juventud con El último día de un condenado—, defendió la educación gratuita, la libertad de prensa, la abolición de la esclavitud, los derechos de los niños y de los pobres, y soñó con unos «Estados Unidos de Europa». Su voz se elevó una y otra vez a favor de los débiles y contra toda forma de opresión, con una autoridad moral que ningún otro escritor de su siglo alcanzó.
El patriarca de Francia
Tras la caída del Imperio, Hugo regresó triunfalmente a Francia en 1870 y fue aclamado como una gloria nacional viva. Sus últimos años lo consagraron como un patriarca, casi un símbolo de la República y del genio francés. Su octogésimo cumpleaños se celebró como una fiesta nacional. Cuando murió en París el 22 de mayo de 1885, cerca de dos millones de personas acompañaron su ataúd, y sus restos fueron depositados en el Panteón, honor reservado a los grandes hombres de la nación.
Legado
Victor Hugo es una de las figuras más colosales de la literatura universal, comparable por su ambición y su influencia a Shakespeare o Cervantes. Poeta, novelista, dramaturgo, dibujante y hombre público, encarnó como nadie la idea del escritor como conciencia de su pueblo. Su obra, traducida y adaptada sin cesar —Los miserables triunfa hoy en teatros de todo el mundo—, sigue viva porque une la grandeza artística con una fe inquebrantable en la justicia, el progreso y la dignidad del ser humano.