Biografía de Miguel de Cervantes
Novelista España · 1547–1616
Un hijo del camino y de la pobreza
Miguel de Cervantes Saavedra vino al mundo en 1547, probablemente el 29 de septiembre —día de San Miguel—, en Alcalá de Henares. Fue el cuarto de siete hijos de Rodrigo de Cervantes, un cirujano-barbero de oído maltrecho y bolsillo peor, que arrastraba a su numerosa familia de ciudad en ciudad —Valladolid, Córdoba, Sevilla— siempre un paso por delante de los acreedores. Miguel creció entre mudanzas, salas de hospital y libros prestados, con la calle por escuela y la necesidad por maestra. No pisó una universidad; y sin embargo, aquel muchacho pobre y errante escribiría un día el libro más influyente jamás compuesto en lengua española.
De su primera juventud se sabe poco y se intuye mucho: una pasión temprana por la lectura —«hasta los papeles rotos de las calles», confesaría—, unos versos de aprendiz y el hambre de mundo de quien no tiene nada que perder.
Italia y el fuego de Lepanto
Hacia 1569, quizá huyendo de la justicia tras un duelo, Cervantes llegó a Italia y sirvió como camarero de un cardenal en Roma. Aquellos años italianos fueron su verdadera universidad: bebió del Renacimiento, del arte y de la poesía que impregnarían para siempre su prosa. Pero pronto cambió la pluma por la espada y se alistó como soldado.
El 7 de octubre de 1571 combatió en la batalla de Lepanto, el choque naval que frenó el avance otomano en el Mediterráneo. Ardiendo de fiebre, se negó a resguardarse bajo cubierta y peleó en el lugar más peligroso hasta recibir tres arcabuzazos: dos en el pecho y uno que le destrozó la mano izquierda para siempre. Nunca se avergonzó de aquella mutilación; al contrario, la lució como una medalla y llamó a Lepanto «la más alta ocasión que vieron los siglos». De ahí el apodo con que lo recuerda la historia: el manco de Lepanto.
Cinco años cautivo en Argel
En 1575, cuando regresaba a España cubierto de gloria pero no de dinero, su galera fue apresada por corsarios berberiscos. Comenzó entonces el capítulo más duro de su vida: cinco años de cautiverio en Argel. Las cartas de recomendación que llevaba encima convencieron a sus captores de que era un personaje importante, lo que disparó el precio de su rescate y prolongó su encierro.
Cervantes intentó fugarse cuatro veces con una audacia temeraria, y en cada fracaso asumió él solo toda la culpa para salvar del castigo a sus compañeros. Aquella experiencia de esclavitud, esperanza y libertad soñada quedó grabada a fuego en su obra. Al fin, en 1580, los frailes trinitarios reunieron el dinero y lo rescataron a un paso de ser enviado a Constantinopla. Volvía a casa con treinta y tres años, la salud quebrada y la juventud gastada.
Del fracaso al genio
La patria por la que había sangrado le dio la espalda. Sin recompensa por sus servicios, malvivió de empleos ingratos: proveedor de la Armada Invencible, recaudador de impuestos por los caminos de Andalucía. Le desaparecieron cuentas, quebró un banquero que guardaba sus fondos y acabó en la cárcel más de una vez. Fue, según la tradición, en el silencio de una prisión sevillana donde «engendró» a un hidalgo flaco y soñador enloquecido por los libros de caballerías.
Ya había probado suerte con las letras: publicó la novela pastoril La Galatea y escribió comedias con las que compitió, sin fortuna, contra el arrollador Lope de Vega, dueño absoluto de los teatros de Madrid. Nada parecía anunciar el estallido que se avecinaba.
Don Quijote y la invención de la novela
En 1605, a los cincuenta y siete años —una edad casi anciana para su tiempo—, apareció la primera parte de Don Quijote de la Mancha. El éxito fue inmediato y contagioso: don Quijote y Sancho Panza saltaron de las páginas a las calles, a las fiestas y a la imaginación de media Europa. Cervantes había hecho algo que nadie había hecho antes: reírse con ternura de un loco más cuerdo que los cuerdos, mezclar la carcajada y la melancolía, la aventura y la reflexión, y en ese gesto inventar la novela moderna.
Diez años después, indignado porque un impostor había publicado una secuela apócrifa, respondió con una segunda parte (1615) todavía más honda y perfecta. Entre medias regaló al idioma sus Novelas ejemplares, un puñado de relatos deslumbrantes que iban de la picaresca a la fantasía.
El poeta y el hombre de teatro
Cervantes se tuvo siempre por poeta antes que por novelista, aunque la fortuna le negara el laurel en ese arte. Escribió decenas de comedias —la mayoría hoy perdidas— y, ya viejo, reunió las que pudo salvar con un prólogo tan honesto como amargo sobre su fracaso en los escenarios, siempre a la sombra del triunfal Lope. En el Viaje del Parnaso, un largo poema burlesco, se rió con elegancia de sí mismo y de los malos versificadores de su tiempo. Esa capacidad de reírse de su propia derrota —de convertir la desdicha en humor luminoso— es quizá la lección más honda que dejó, más allá de sus libros: la de un hombre que lo perdió casi todo, que conoció la guerra, la mutilación, el cautiverio, la cárcel y la pobreza, y que aun así se sentó a mirar el mundo con una ternura y una ironía inagotables. En don Quijote late esa misma sabiduría: el choque entre el ideal y la realidad, entre la locura noble y la cordura mezquina, contado con una compasión que abraza por igual al caballero soñador y a su escudero de los pies en la tierra.
Un final humilde, una gloria eterna
Murió en Madrid el 22 de abril de 1616, pobre, enfermo de hidropesía y olvidado por los poderosos, casi al mismo tiempo que Shakespeare —una simetría que el azar regaló a la literatura—. Fue enterrado sin lápida en un convento, y sus huesos se perdieron durante siglos. Dejó lista, y la dedicó desde el umbral de la muerte con una serenidad conmovedora, su última novela, Los trabajos de Persiles y Sigismunda.
La posteridad le pagó lo que la vida le negó. Contemporáneo de Quevedo y de Góngora en el Siglo de Oro, Cervantes los sobrevoló a todos en el tiempo: su hidalgo es hoy el personaje más universal de la ficción, y el castellano se llama, con orgullo y con justicia, «la lengua de Cervantes».