Biografía de Julio Verne
Novelista Francia · 1828–1905
El niño del puerto de Nantes
Julio Verne nació en 1828 en Nantes, una bulliciosa ciudad portuaria del oeste de Francia. Creció viendo entrar y salir los grandes veleros cargados de mercancías exóticas, y aquel espectáculo encendió en él una sed de aventura y de horizontes lejanos que ya no lo abandonaría. Cuenta la leyenda —quizá agrandada— que siendo niño llegó a embarcarse a escondidas en un buque rumbo a las Indias, y que su padre lo atrapó justo a tiempo. Fuera cierto o no, el mar, los viajes y los mapas fueron la gran pasión de toda su vida, y el combustible de su imaginación desbordante.
Entre las leyes y el teatro
Su padre, abogado, lo envió a París a estudiar Derecho para que heredara el bufete familiar. Pero el joven Verne se enamoró del teatro y la literatura, frecuentó los ambientes artísticos de la capital y escribió obras dramáticas con más entusiasmo que fortuna. Durante años vivió estrecheces, dividido entre las expectativas paternas y su vocación. Leía con avidez sobre geografía, ciencia y descubrimientos, tomando notas incansablemente, sin sospechar que aquella acumulación de conocimientos acabaría convirtiéndose en la materia prima de un género nuevo.
El editor que cambió su destino
Todo cambió cuando conoció al editor Pierre-Jules Hetzel, que supo ver su talento y le propuso un proyecto ambicioso: una vasta colección de novelas que enseñaran ciencia y geografía a través de la aventura, los «Viajes extraordinarios». En 1863, Cinco semanas en globo fue un éxito rotundo, y Verne encontró por fin su camino. Durante las cuatro décadas siguientes escribiría más de sesenta novelas, con una disciplina de hierro, documentándose hasta el último detalle para que sus fantasías tuvieran siempre una base científica verosímil.
Profeta de las máquinas del futuro
Verne poseía el don asombroso de imaginar el porvenir. En Veinte mil leguas de viaje submarino creó el Nautilus y al enigmático capitán Nemo, adelantándose al submarino moderno; en De la tierra a la luna soñó un viaje espacial con una precisión que resultó casi profética un siglo antes de la NASA; en Viaje al centro de la tierra descendió a un mundo subterráneo poblado de prodigios. Muchos inventos que él anticipó —el helicóptero, el rascacielos, las armas submarinas— se harían realidad después. No adivinaba el futuro por magia, sino por su fe absoluta en el poder de la ciencia y del ingenio humano.
La vuelta al mundo
Su fama estalló definitivamente con La vuelta al mundo en ochenta días, la carrera contra el reloj del flemático Phileas Fogg y su criado Passepartout, seguida con pasión por lectores de medio planeta. En La isla misteriosa reunió el naufragio, la supervivencia y el misterio en una de sus aventuras más completas. Sus personajes —Nemo, Fogg, el profesor Lidenbrock— se volvieron populares en todo el mundo, y sus novelas hicieron soñar a generaciones enteras de niños y adultos con selvas, océanos, volcanes y estrellas.
El discípulo de Poe
Verne admiraba profundamente a Edgar Allan Poe, en quien reconocía a un maestro del relato de misterio y de lo extraordinario. Tanto lo veneraba que se atrevió a escribir una continuación de una novela inacabada del autor norteamericano, La esfinge de los hielos, prolongando aquel viaje inconcluso hacia los hielos del polo. Junto a otro visionario, el inglés H. G. Wells, Verne está considerado uno de los padres fundadores de la ciencia ficción, el género que convertiría la maravilla científica en literatura popular.
Las sombras de la madurez
Aunque su nombre evoca optimismo y entusiasmo, los últimos años de Verne se tiñeron de amargura. Un sobrino trastornado le disparó en una pierna, dejándolo cojo de por vida; murieron su editor y su madre; y su mirada sobre el progreso se volvió más sombría y pesimista, temeroso de que la ciencia sirviera también a la destrucción. Algunas de esas obras tardías, más oscuras, no se publicaron hasta mucho después; una de ellas, una inquietante visión de un futuro deshumanizado escrita en su juventud, permaneció inédita más de un siglo, hasta ser redescubierta con asombro.
Una obra colosal
La productividad de Verne fue asombrosa. A lo largo de cuarenta años entregó a su editor dos novelas por año, con una disciplina de funcionario: se levantaba al amanecer y escribía durante horas antes del desayuno. Reunió a lo largo de su vida un fichero monumental con miles de notas sobre ciencia, geografía, historia y técnica, recortadas de periódicos y libros, que era su verdadera mina de oro. Las ediciones ilustradas de Hetzel, con sus grabados espléndidos y sus tapas rojas y doradas, convirtieron cada nuevo título en un acontecimiento y llevaron sus aventuras a los hogares de toda Europa. Pocos escritores han construido un edificio tan vasto y coherente: una auténtica enciclopedia novelada del mundo.
De la página a la realidad
Lo más extraordinario de Verne es que sus sueños acabaron cumpliéndose. Generaciones de inventores, exploradores y científicos confesaron haber elegido su vocación tras leerlo de niños: pioneros de la aviación, diseñadores de submarinos y hasta astronautas crecieron soñando con sus máquinas. Cuando el hombre llegó por fin a la Luna, muchos recordaron con asombro cuánto había acertado aquel novelista francés que, un siglo antes, había hecho despegar su cápsula desde Florida, casi en el mismo lugar que la NASA. En su honor, un cráter de la cara oculta de la Luna lleva hoy su nombre: el soñador de mundos imposibles tiene su rincón en el cielo que tanto imaginó.
El hombre más traducido
Julio Verne murió en 1905 en Amiens, rodeado del cariño de un público inmenso. El tiempo lo ha consagrado como uno de los autores más traducidos de la historia, leído en todos los idiomas y en todos los rincones del planeta. Inspiró a exploradores, inventores y astronautas que crecieron soñando con sus máquinas imposibles y luego las hicieron realidad. Su mensaje sigue intacto más de un siglo después: que la curiosidad no tiene límites, que la ciencia puede ser una aventura maravillosa y que no hay frontera —ni el fondo del mar, ni el centro de la Tierra, ni la Luna— que la imaginación humana no pueda cruzar.