Biografía de Homero
Escritor Grecia · -900–-800
El poeta en la niebla de los siglos
Homero es, a la vez, el primer gran nombre de la literatura occidental y su mayor misterio. Se le atribuyen las dos epopeyas que están en el origen de toda nuestra cultura, la Ilíada y la Odisea, pero de su vida no sabemos prácticamente nada cierto. Se cree que vivió hacia el siglo VIII a. C., en algún lugar de la costa de Asia Menor o de las islas del Egeo, y la tradición lo imaginó como un aedo ciego que recitaba sus versos de memoria, acompañándose de la lira, ante reyes y pueblos. Su figura se pierde en la niebla de los siglos, entre la historia y la leyenda.
Siete ciudades por una cuna
Tan grande fue su prestigio que, siglos después, siete ciudades griegas se disputaban el honor de haber sido su cuna. Los antiguos lo veneraban simplemente como «el Poeta», sin necesidad de añadir el nombre: bastaba con eso para saber de quién se hablaba. Sus versos se aprendían de memoria en las escuelas, se citaban en los tribunales y se recitaban en las grandes fiestas: Homero fue, durante mil años, el libro de cabecera, el maestro de moral y el espejo de identidad de todo el mundo griego. Educarse era, en buena medida, aprender a Homero.
La cólera de Aquiles
La Ilíada canta apenas unas semanas del largo asedio de Troya, pero en ese fragmento cabe toda la condición humana. Su tema es la cólera de Aquiles, el mejor de los guerreros griegos, y las consecuencias trágicas de su orgullo herido. En sus versos resuenan el fragor de las batallas, el honor y la gloria, pero también la piedad y el dolor: pocas escenas hay tan conmovedoras como la del anciano rey Príamo suplicando a Aquiles que le devuelva el cadáver de su hijo Héctor. Homero mira la guerra sin ocultar su horror, y llora por igual a vencedores y vencidos.
El largo regreso
La Odisea, más luminosa y novelesca, cuenta el accidentado viaje de vuelta a casa de Ulises tras la caída de Troya: diez años de naufragios, monstruos y encantamientos —el cíclope Polifemo, la maga Circe, el canto de las sirenas— hasta reencontrarse con su fiel esposa Penélope y su reino de Ítaca. Frente a la fuerza de Aquiles, Ulises encarna la astucia, la inteligencia y la resistencia del hombre que quiere regresar al hogar. Su viaje se convirtió en el gran símbolo de toda travesía humana: la búsqueda, el desarraigo y el ansia de volver a casa.
La voz de una tradición
Los estudiosos modernos han planteado la llamada «cuestión homérica»: ¿existió realmente un solo poeta genial, o son estas epopeyas el fruto de siglos de tradición oral, transmitida y pulida por generaciones de bardos anónimos? Sabemos que estos poemas se compusieron para ser cantados, no leídos, y que emplean fórmulas y repeticiones que ayudaban al recitador a memorizarlos. Sea como fuere, alguien dio a esa materia dispersa una forma perfecta y unitaria, y a ese genio —real o colectivo— seguimos llamándolo Homero. En él culmina siglos de canto y empieza la literatura escrita.
La fuente de Occidente
La influencia de Homero es sencillamente incalculable. De él bebieron todos los poetas de la Antigüedad: el romano Virgilio escribió la Eneida como una continuación y un homenaje a sus epopeyas, y siglos después Dante lo saludaría como el príncipe de los poetas. A través de ellos, sus héroes y sus imágenes llegaron a toda la literatura europea, hasta los escritores del siglo XX, que reescribieron el viaje de Ulises en clave moderna. Cada vez que un relato habla de un héroe, de un viaje iniciático o de un regreso, hay en él un eco de Homero.
El humor entre las epopeyas
La tradición atribuyó también a Homero, casi con seguridad de forma legendaria, una obra muy distinta: la Batracomiomaquia, una divertidísima parodia de la epopeya heroica que narra, con toda la solemnidad de un poema épico, una guerra entre ranas y ratones. Verdadera o no su autoría, ese pequeño poema burlesco demuestra hasta qué punto la manera homérica se había vuelto un modelo universal: incluso para reírse de la épica había que imitar a Homero. Su estilo era ya, en la Antigüedad, la medida de toda poesía.
Dioses demasiado humanos
Uno de los grandes hallazgos de Homero es su retrato de los dioses. En sus poemas, el Olimpo está habitado por divinidades poderosas pero asombrosamente humanas: Zeus, Hera, Atenea, Apolo o Poseidón se enamoran, se enfurecen, mienten, conspiran y toman partido en la guerra de los hombres como si fueran una familia turbulenta. Intervienen sin cesar en el destino de los héroes, pero por encima incluso de ellos se cierne el hado, ese destino inexorable que ni los propios dioses pueden torcer. Esa visión —la de una humanidad zarandeada entre la voluntad divina y un destino ineludible— daría a la tragedia griega posterior uno de sus temas eternos.
El eco de un mundo perdido
Los poemas homéricos conservan además la memoria de un mundo desaparecido, el de los héroes de la Edad del Bronce, con sus palacios, sus banquetes, sus naves y su rígido código de honor. En ese universo, la peor deshonra era la cobardía, y el mayor bien, la gloria que sobrevive a la muerte en el canto de los poetas. Homero fijó valores que marcarían durante siglos el ideal griego: el valor guerrero, la hospitalidad sagrada hacia el forastero, el respeto a los dioses y a los muertos. Al leerlo no solo disfrutamos de una gran aventura, sino que asomamos a la mismísima infancia de nuestra civilización.
El primero y el más grande
Más de dos mil setecientos años después, Homero sigue leyéndose y emocionando. Sus versos fundaron la idea misma de literatura: la de un relato capaz de contener la guerra y la paz, la gloria y el duelo, la aventura y la nostalgia del hogar. Que no sepamos si fue un hombre, muchos o una leyenda no hace sino agrandar su misterio. Al principio de todo, cuando la cultura occidental daba sus primeros pasos, había una voz que cantaba a los héroes y a los dioses; y esa voz, la más antigua y una de las más grandes, todavía nos habla.