Foto de Agustín de Hipona

Biografía de Agustín de Hipona

Filósofo Argelia · 354–430

La juventud inquieta

Agustín de Hipona nació en Tagaste, en el norte de África romana (actual Argelia), el 13 de noviembre del año 354. Hijo de una madre cristiana ferviente, Mónica, y de un padre pagano, recibió una educación esmerada en retórica y se convirtió en un brillante profesor de esa disciplina en Cartago, Roma y Milán. Su juventud fue de búsqueda apasionada y de inquietud: entregado a los placeres, atraído sucesivamente por diversas corrientes filosóficas y religiosas —el maniqueísmo, el escepticismo, el neoplatonismo—, vivió una larga crisis intelectual y moral en busca de la verdad, que relataría después con inigualable sinceridad.

La conversión

Tras años de lucha interior, y bajo la influencia del obispo Ambrosio de Milán y de las oraciones de su madre, Agustín vivió en el año 386 una conversión decisiva al cristianismo, que él describió como un momento de gracia en un jardín, al oír una voz que le decía «toma y lee». Abandonó su carrera y sus ambiciones mundanas, se bautizó y regresó a África, donde acabó siendo ordenado sacerdote y luego obispo de Hipona, cargo que ejerció durante casi cuarenta años, dedicado a la predicación, la escritura y la defensa de la fe.

Las «Confesiones»

Su obra más leída y personal son las Confesiones, escritas hacia el año 400. Es la primera gran autobiografía espiritual de la historia: en ella, Agustín narra, en forma de diálogo con Dios, su itinerario desde el pecado y el error hasta la conversión y la paz, con una hondura psicológica, una sinceridad y una belleza literaria sin precedentes. Sus reflexiones sobre la memoria, el tiempo —«¿qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicarlo, no lo sé»—, el deseo y la inquietud del corazón humano —«nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti»— son de una modernidad y una profundidad asombrosas.

«La ciudad de Dios»

Su otra gran obra es La ciudad de Dios, un vasto tratado escrito tras el saqueo de Roma en el año 410, que había conmocionado al mundo. En él, Agustín distingue dos «ciudades»: la terrena, fundada en el amor a sí mismo, y la celestial, fundada en el amor a Dios, que coexisten y se entrelazan en la historia. Con esta obra ofreció una filosofía de la historia y una reflexión sobre el sentido del acontecer humano que influiría durante toda la Edad Media y más allá, y respondió a quienes culpaban al cristianismo de la caída de Roma.

El pensador cristiano

Agustín fue el mayor pensador cristiano de la Antigüedad tardía y uno de los más influyentes de toda la historia. Fusionó la filosofía griega —en especial el neoplatonismo— con la fe cristiana, y desarrolló doctrinas fundamentales sobre la gracia, el libre albedrío, el pecado, el tiempo, el mal y la naturaleza de Dios que marcaron para siempre la teología y la filosofía occidentales. Su vasta obra —tratados, sermones, cartas, controversias— constituye un monumento intelectual de dimensiones colosales.

Legado

Murió en Hipona el 28 de agosto del año 430, mientras los vándalos asediaban la ciudad y el Imperio romano de Occidente se desmoronaba. San Agustín es venerado como padre y doctor de la Iglesia, pero su influencia desborda ampliamente lo religioso: pensadores de todas las épocas, creyentes y no creyentes, han reconocido su deuda con él. Sus reflexiones sobre la interioridad, la memoria, el tiempo y la voluntad anticipan intuiciones de la filosofía moderna y hasta del psicoanálisis. Las Confesiones siguen siendo un libro vivo, capaz de hablar al corazón de cualquier lector que se interrogue sobre el sentido de su existencia. Agustín es, con pleno derecho, uno de los grandes fundadores del pensamiento occidental.

Obras de Agustín de Hipona

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