Introducción
Hay escritores que nos dejan una obra maestra y luego, casi en el margen, una serie de piezas breves que revelan lo que la obra grande no podía contener del todo: la ironía más afilada, la ternura más desnuda, el experimento sin red. Leopoldo Alas «Clarín» es uno de ellos. El mundo lo conoce por La Regenta, esa catedral de la novela española del siglo XIX, pero quienes se aventuran más allá descubren a un Clarín distinto, más íntimo y más libre, que encontró en el cuento y la novela corta un territorio donde podía arriesgarse sin que nadie le pidiera cuentas.
Zurita pertenece a ese territorio. Es una obra que cabe en pocas horas de lectura y que, sin embargo, deja una huella desproporcionada a su tamaño, como ocurre con las cosas que están hechas con precisión verdadera.
El nombre del protagonista ya anuncia algo: no es un héroe de apellido sonoro ni un galán de novela. Zurita es un hombre cualquiera, de esos que pueblan las ciudades de provincias españolas de finales del XIX, atrapados entre lo que son y lo que imaginan que podrían haber sido. Clarín conocía ese tipo humano como nadie, porque lo había observado durante años desde Oviedo, ciudad que fue para él algo parecido a lo que Dublín fue para Joyce: un mundo cerrado y fértil al mismo tiempo, lleno de contradicciones que pedían ser escritas.
Lo que hace singular a esta obra dentro de la producción de Clarín es la temperatura emocional con que está escrita. El gran crítico —el temido «palmetazo» literario que hacía temblar a los escritores de su época— aquí guarda la paleta de la sátira y trabaja con otra cosa: una compasión vigilante, una mirada que entiende sin absolver, que acompaña sin mentir. No es fácil ese equilibrio, y Clarín lo sostiene con la naturalidad de quien lleva años pensando en cómo se escribe la verdad sobre las personas.
La España que aparece en estas páginas es reconocible en sus huesos aunque hayan pasado más de cien años. Las pequeñas ambiciones, los afectos mal dichos, la distancia entre lo que se sueña y lo que se vive: todo eso no ha envejecido porque no era costumbrismo sino anatomía. Clarín no describía una época; describía una condición.
Leer a Clarín en sus piezas más breves tiene además una recompensa técnica que no conviene ignorar. Cada frase está pensada dos veces. Hay en su prosa una densidad que no pesa, una forma de cargar las palabras de sentido sin que el lector sienta el esfuerzo. Eso es, en el fondo, lo más difícil de conseguir en literatura, y Zurita lo demuestra en cada página.
Para quien ya conoce La Regenta, este libro es una puerta lateral que lleva al mismo edificio por un camino inesperado. Para quien llega a Clarín por primera vez, es quizás la mejor entrada posible: más íntima, más manejable, igual de honesta. En cualquier caso, lo que espera al otro lado de la primera página es ese raro placer de sentir que alguien escribe como si supiera exactamente lo que usted ha pensado alguna vez sin encontrar las palabras.