Introducción
Hay una imagen que no abandona a quien ha leído a Julio Verne de niño y vuelve a él de adulto: la de un proyectil metálico suspendido en el vacío, girando despacio alrededor de la Luna mientras tres hombres miran por una escotilla de cristal lo que ningún ser humano había visto jamás. No es una imagen de terror. Es, extrañamente, una imagen de paz. Y esa paz —esa calma casi mística en el corazón de lo imposible— es quizá el secreto mejor guardado de este libro.
Viaje alrededor de la luna es la segunda parte de una aventura que comenzó con De la Tierra a la Luna, pero funciona también como una obra completamente distinta. Si la primera era la euforia del proyecto, el ruido de los cálculos y los discursos y el cañonazo definitivo, esta es el silencio que viene después. El silencio del espacio. Y Verne, que era ante todo un escritor de interiores —de cabinas, de cápsulas, de lugares donde la inteligencia humana se enfrenta a lo desconocido—, se encontraba aquí en su territorio más puro.
Publicado en 1870, el libro llegó al mundo en un momento en que la humanidad apenas comenzaba a soñar con coherencia científica lo que durante siglos había sido pura mitología lunar. Verne no era un visionario en el sentido místico: era un lector voraz, un documentalista apasionado que transformaba la ciencia de su tiempo en prosa novelesca. Lo asombroso es que algunas de sus intuiciones —la trayectoria, la ingravidez, incluso el punto de amerizaje— resultaron ser, casi un siglo después, perturbadoramente exactas.
Pero reducir este libro a una curiosidad profética sería empobrecerlo. Lo que Verne construyó aquí es algo más sutil: una meditación sobre el deseo humano de ver. Sus tres protagonistas —el impetuoso Barbicane, el escéptico Michel Ardan, el meticuloso Nicholl— no van a la Luna para conquistarla. Van a mirarla. Y en ese viaje que no aterriza, que rodea sin tocar, que observa sin poseer, hay una filosofía entera sobre los límites y la dignidad de la curiosidad.
La prosa de Verne tiene en estas páginas una cadencia particular, casi musical. Alterna el humor —Ardan es uno de los personajes más vivos y divertidos que parió el siglo XIX— con momentos de contemplación genuinamente lírica. La Luna que describen estos viajeros imaginarios es un mundo muerto y grandioso, un desierto de cráteres y silencio que Verne pinta con una precisión que no excluye la emoción.
Leer este libro hoy, después de que los seres humanos hayan pisado de verdad ese suelo gris, produce una sensación extraña y hermosa: la de comprobar que la imaginación llegó antes que los cohetes, que la literatura abrió ese camino décadas antes de que la ingeniería lo transitara. Verne no adivinó el futuro; lo deseó con tanta intensidad y tanta inteligencia que el futuro acabó pareciéndose a él.
Y sin embargo, lo más vivo del libro no es su exactitud científica ni su valor histórico. Es esa escotilla. Ese cristal contra el que se apoyan tres frentes humanos para mirar el universo. Porque al final, Viaje alrededor de la luna trata de eso: de lo que sentimos cuando nos asomamos a algo demasiado grande para comprenderlo del todo, y decidimos mirarlo igualmente.
Ahí, en esa escotilla, te espera Verne.