Introducción
Cuando el cíclope Polifemo, ya cegado, pregunta a gritos quién le ha hecho aquello, Ulises responde: «Nadie». En griego, Outis; en latín, Nemo. Tres mil años después, Julio Verne rescató esa palabra para bautizar al personaje más enigmático que salió de su pluma: un hombre sin nombre, sin patria y sin pasado que ha renunciado a la humanidad para vivir en el fondo del mar. Casi todo lo que hay que saber de Veinte mil leguas de viaje submarino cabe en esa elección: bajo la apariencia de una novela de aventuras late el retrato de un alma en fuga.
Todo empieza, sin embargo, con un susto colectivo. Durante meses, algo inmenso y veloz embiste a los barcos en todos los océanos, y los periódicos hablan de un monstruo marino. Estados Unidos organiza una cacería, y en ella se enrolan el profesor Aronnax, naturalista de curiosidad insaciable, su criado Conseil y el arponero Ned Land. Persiguen a la criatura hasta que la abordan y descubren la verdad: no es un animal, sino una nave imposible, el Nautilus, movida por electricidad y comandada por un capitán que acaba de convertirlos en sus huéspedes y en sus prisioneros.
Lo que sigue no se parecía a nada escrito hasta entonces. Verne, que se documentaba con la obsesión de un ingeniero, sumerge al lector en una vuelta al mundo submarina: praderas de coral, perlas del tamaño de un puño, la selva petrificada de la Atlántida, la travesía bajo los hielos del polo. La publicó por entregas entre 1869 y 1870, cuando la navegación submarina apenas balbuceaba, y la imaginó con tanto acierto que casi un siglo después el primer submarino nuclear de la historia se botaría con el nombre del suyo: Nautilus.
Y aun así, el corazón de la novela no es la máquina, sino su dueño. Hay un dolor enterrado en Nemo, y ahí se esconde una de las historias más curiosas de la literatura. Verne lo concibió como un noble polaco cuya familia había sido exterminada por el Imperio ruso, un rebelde que hacía del océano su venganza contra toda tiranía. Su editor, Pierre-Jules Hetzel, se lo tachó: Francia y Rusia eran aliadas por entonces, y la política mandaba. Nemo quedó así amputado de su origen, condenado a un misterio que ni su propio creador tuvo permiso de revelar.
El azar quiso que esa mutilación lo volviera inmortal. Como no llegamos a comprenderlo, Nemo se agiganta: culto y despiadado, capaz de llorar ante un compañero muerto y de hundir un navío sin pestañear, amparo de los oprimidos y verdugo de sus enemigos. Aronnax lo admira y lo teme casi en la misma frase, y el lector con él. Que la novela nunca resuelva si tenemos delante a un héroe, a un vengador o a un demonio es, seguramente, su mayor hallazgo.
Hay algo casi milagroso en abrir este libro cuando ya no queda mar sin cartografiar. Verne contempla el océano como quien todavía no sabe lo que hay dentro, y esa mirada sin gastar nos devuelve un asombro que dábamos por perdido. La voz del profesor Aronnax observa por nosotros, mide, se maravilla; acompañarlo es recuperar la emoción de lo desconocido en un planeta que se ha quedado sin fronteras.
La invitación, entonces, es sencilla. Al otro lado del cristal del Nautilus aguarda un mundo entero de agua, y en algún camarote de esa nave un hombre que se hace llamar Nadie guarda un secreto que llevas ya toda esta página deseando conocer. Solo tienes que descender con él.