Introducción
Piotr Mijáilich Ivashin, un joven terrateniente de veintisiete años ya aburguesado y sin ilusiones, vive días de angustia: su hermana Zina se ha fugado con Vlásich, un vecino casado. La casa está sumida en un silencio de duelo; la madre no sale de su cuarto, la tía amenaza con marcharse, y todos parecen reprochar a Piotr su inacción. Él mismo se siente obligado a «hacer algo», aunque no sabe qué, y arrastra la vergüenza de una situación que sus honestas convicciones liberales no logran resolver.
Empujado por la cólera, monta a caballo y galopa bajo la tormenta hasta la hacienda de Vlásich, decidido a insultarlo, abofetearlo, retarlo. Pero al llegar, la furia se disuelve. Vlásich —un idealista pobre, feo, torpe, fanáticamente convencido de la nobleza de sus actos— lo recibe con gratitud conmovedora y le expone, con su monótona elocuencia, las razones de su amor por Zina y la justicia de su unión libre. Piotr, incapaz de enfrentarse a aquel hombre desdichado y sincero, escucha, discute a medias y no consigue nada.
Al ver por fin a su hermana —ya instalada en aquella casa triste que huele a botas y vodka barato, y que a él le parece indigna de ella—, Piotr comprende que el hecho está consumado y que no tiene remedio. Regresa a casa derrotado, sintiendo que a él, tan blando y pasivo como Zina, «le han pagado con la misma moneda», y que su vida entera es tan sombría como el agua nocturna del estanque. «Vecinos» es una de las obras maestras de madurez de Chéjov: un estudio penetrante y sin consuelo sobre la impotencia, la mediocridad de las convicciones y la imposibilidad de juzgar la vida ajena.