Introducción
Es Nochebuena, y mientras los amos están en misa, un niño de nueve años aprovecha para hacer algo prohibido: escribir una carta. Vanka Chukov, huérfano, colocado como aprendiz de zapatero en Moscú, le escribe a su abuelo Constantino Makarich, el guardián de una finca lejana, y en cada línea se asoma su vida: los correazos del maestro, el hambre, las noches de frío en el portal, los otros aprendices que lo mortifican.
Entre los ruegos —«sácame de aquí, que no puedo soportar esta vida»— la carta se llena también de los recuerdos felices de la aldea: el abuelo bromista, los perros, la nieve, ir a buscar el árbol de Navidad. Chéjov alterna con maestría la miseria presente y la ternura del pasado, sin una sola palabra de más.
Y entonces llega el final, uno de los más devastadores de la literatura: Vanka cierra la carta, la echa al buzón «mecido por dulces esperanzas»… pero la ha dirigido «a mi abuelo, en la aldea». Nunca llegará. El lector lo sabe; el niño, no. En esa distancia entre la esperanza del huérfano y lo que nosotros comprendemos, cabe toda la piedad del cuento.