Introducción
Un cuento de Katherine Mansfield tan elegante como despiadado sobre la vanidad, la caridad y los celos. Rosemary Fell es una joven riquísima, moderna y caprichosa, que compra flores como quien respira y para quien ir a París es como ir a la esquina. Una tarde de invierno, tras encapricharse en una tienda de antigüedades de una carísima cajita de esmalte que no llega a comprar, se topa a la salida con una muchacha pobre y temblorosa que le pide, con voz sincera, «para una taza de té».
Arrebatada por la idea de vivir una aventura novelesca —«era como algo salido de una novela de Dostoievski»—, Rosemary decide llevarse a la muchacha a su casa para demostrarle «que los ricos tienen corazón y que las mujeres son hermanas». La instala junto al fuego, la colma de té y sándwiches y se dispone, paternalista y encantada de su propia bondad, a escuchar su historia y «arreglarlo» todo. La muchacha, agotada, se deja hacer.
Pero entonces entra el marido, Philip, que tras un aparte le advierte que la joven es «absolutamente preciosa». De golpe, la generosidad de Rosemary se evapora bajo los celos: despide a la muchacha con unos billetes, se arregla el pelo y las perlas, y va a preguntarle a su marido si ella también es bonita, y si puede comprarse la cajita. «Una taza de té» es una miniatura magistral sobre el egoísmo disfrazado de caridad y sobre la vanidad femenina, rematada con la ironía exquisita del final.