Introducción
Beliayev es un hombre satisfecho de sí mismo que «arrastra una larga y tediosa novela» con una mujer casada. Una tarde, esperándola, habla por primera vez de verdad con Aliocha, el hijo de ocho años de su amante, al que hasta entonces no había dado «más importancia que a cualquier mueble». El niño, encantado con la atención, acaba confiándole —bajo solemne palabra de honor, arrancada con juramento— un secreto: él y su hermana ven a escondidas a su padre en una confitería.
Y entonces Chéjov aprieta el nudo. Cuando el niño menciona, inocente, que el padre culpa a Beliayev de la desgracia de la familia, este, herido en su amor propio, olvida al instante su promesa: apenas llega la madre, le suelta todo el secreto delante de todos, «sin más preocupación que la de su amor propio herido». El pequeño Aliocha, mirándolo «con ojos llenos de horror y de reproches», descubre de golpe algo que ya no olvidará.
La frase final es de las más duras y perfectas de Chéjov: «Era la primera vez, en su vida, que chocaba con la mentira de un modo tan brutal». En apenas unas páginas, y sin una sola palabra de sermón, el autor retrata la crueldad irreflexiva de los adultos y el instante en que un niño pierde la inocencia.