Introducción
Hay escritores que vivieron la guerra y la convirtieron en heroísmo. Ambrose Bierce la vivió —en carne, en barro, en sangre— y la convirtió en algo mucho más incómodo: en verdad. Veterano de la Guerra Civil americana, Bierce combatió en algunas de las batallas más cruentas del conflicto, y cuando años después tomó la pluma, no escribió para glorificar ni para consolar. Escribió para que nadie pudiera mirar hacia otro lado.
Una pelea dura pertenece a ese puñado de relatos que Bierce forjó como si fueran armas cortas: pequeños, precisos, letales. La historia transcurre en el fragor de un combate, pero lo que Bierce persigue no es la descripción del caos sino algo más perturbador: el instante en que la mente humana intenta mantenerse entera mientras el mundo a su alrededor se deshace. Sus soldados no son héroes de manual. Son hombres que sienten miedo, que dudan, que cometen errores irreparables, y que a veces ni siquiera comprenden del todo lo que les está ocurriendo.
Pocos narradores del siglo XIX dominaron como Bierce el arte de la ironía cruel. Hay en su prosa una frialdad quirúrgica que desconcierta al principio y después resulta devastadora, porque uno comprende que esa distancia no es indiferencia: es la única manera que encontró de soportar lo que había visto. Leerlo exige cierta valentía del lector, la disposición a no recibir consuelo al final de la página.
Lo singular de este relato dentro de su obra es la manera en que comprime el tiempo. Una batalla entera —con su confusión, sus órdenes contradictorias, su mezcla de cobardía y valor involuntario— cabe en pocas páginas sin que nada sobre ni nada falte. Bierce sabía que la guerra no se experimenta como una narración coherente sino como una sucesión de fragmentos violentos, y su forma de contar imita esa fractura. El lector no observa la batalla desde fuera: la padece desde dentro.
Hay también en Bierce una honestidad sobre la muerte que en su época resultaba casi escandalosa. Mientras otros autores la envolvían en dignidad o en sentimentalismo, él la mostraba súbita, arbitraria, a menudo ridícula en su mecánica. No porque despreciara a los caídos, sino porque los respetaba demasiado como para mentir sobre cómo morían.
Conviene saber que Bierce desapareció en México en 1913 o 1914, con más de setenta años, en circunstancias que nunca se aclararon del todo. Esa vida que termina sin punto final, esfumándose en mitad de otra guerra, añade una dimensión extraña a su literatura: la sensación de que este hombre nunca dejó de estar, de algún modo, en el campo de batalla.
Leer Una pelea dura hoy, cuando la guerra sigue siendo el gran tema que la humanidad no consigue resolver, es encontrarse con un texto que no ha envejecido ni un día. No porque Bierce fuera profético, sino porque fue honesto, y la honestidad no caduca. Lo que escribió sobre el miedo, la confusión y el precio que pagan los cuerpos de los hombres corrientes sigue siendo exactamente así.
Tiene usted entre las manos pocas páginas. Pero son páginas que pesan.