Introducción
Hay escritores que parecen haber nacido con una astilla de hielo en el corazón, y Ambrose Bierce era uno de ellos. Veterano de la Guerra Civil americana, periodista temido en San Francisco, hombre que vio morir a sus hijos y que acabó desapareciendo misteriosamente en México sin dejar rastro, Bierce convirtió su amargura en un instrumento de precisión quirúrgica. Pero hay algo que sus lectores descubren tarde o temprano: detrás de esa frialdad calculada late, a veces, algo muy parecido al dolor.
Una dama de Redhorse pertenece a esa veta menos frecuentada de Bierce: la de los relatos que no matan a nadie con bala ni con fantasma, sino con algo bastante más cotidiano y bastante más cruel. Aquí no hay campos de batalla ni apariciones sobrenaturales. Hay cartas. Cartas escritas por una mujer joven desde un balneario de verano, cartas que al principio parecen el diario frívolo de una temporada ociosa y que, página a página, van revelando una historia que el lector construye casi sin darse cuenta.
La forma epistolar tiene una trampa deliciosa: solo oímos una voz. La corresponsal escribe a su amiga, y esa amiga nunca responde dentro del texto. Lo que sabemos del mundo, de los otros personajes, de lo que realmente ocurre, nos llega filtrado por una sola conciencia que no es ni del todo fiable ni del todo consciente de sí misma. Bierce maneja ese mecanismo con la elegancia de quien sabe exactamente cuánto ocultar y cuánto dejar asomar.
Lo que hace singular a este relato dentro de la obra de su autor es precisamente esa tensión entre la superficie social —el tono ligero, los comentarios sobre vecinos y pretendientes, el aire de comedia de costumbres— y el fondo emocional que se va volviendo cada vez más inquietante. Bierce, el hombre que definió el amor en su Diccionario del Diablo como «una enfermedad temporal curable por el matrimonio», aquí parece observar el sentimiento con una mezcla de ironía y de algo que no llega a ser ternura pero que se le acerca peligrosamente.
El lector de hoy encontrará en estas páginas una voz femenina construida por un hombre del siglo XIX, y eso merece una lectura atenta y crítica. Pero también encontrará algo que trasciende la época: la manera en que nos contamos a nosotros mismos nuestra propia historia, la distancia entre lo que creemos sentir y lo que sentimos, entre lo que escribimos y lo que callamos.
Bierce era un maestro de la economía narrativa. Cada frase en este relato hace al menos dos cosas a la vez. Nada es decorado puro. Incluso los comentarios más aparentemente superficiales de la protagonista están colocados con una intención que solo se revela cuando uno mira hacia atrás, desde el final, y comprende el mapa completo.
Leer a Bierce requiere ese tipo de atención lateral, esa disposición a sospechar de la superficie sin por ello dejar de disfrutarla. Una dama de Redhorse es un relato breve, casi un ejercicio de cámara, pero tiene la densidad de algo mucho mayor. Cabe entero en una tarde, y sin embargo es el tipo de texto que sigue trabajando en la memoria mucho después de que se haya cerrado la última página.
Tiene usted entre las manos una de esas obras que demuestran que la crueldad más interesante no necesita sangre, y que la ironía, cuando está bien templada, puede ser una forma extraña y honesta de compasión.