Introducción
Hay barcos que atraviesan el océano y barcos que lo habitan. El Great Eastern, el coloso de hierro que protagoniza estas páginas, pertenecía a la segunda categoría: era tan descomunal que los contemporáneos de Verne no sabían muy bien si llamarlo navío o ciudad, si admirarlo o temerle. Cuando Julio Verne embarcó en él en 1867 para cruzar el Atlántico, llevaba consigo los ojos de un niño y el cuaderno de un cronista. Lo que escribió después no es exactamente una novela de aventuras, ni exactamente un reportaje, ni exactamente una fantasía técnica. Es las tres cosas a la vez, y esa rareza es precisamente lo que la hace tan fascinante.
Verne tenía el don de convertir la ingeniería en emoción. Donde otros veían toneladas de acero y vapor, él veía un personaje, casi un ser vivo con sus propios humores y caprichos. El Great Eastern era, en su época, la nave más grande jamás construida, una proeza que inspiraba tanto orgullo como inquietud. Verne lo entendió de inmediato: un barco así no es solo un medio de transporte, es una metáfora flotante de la ambición humana, con todo lo que esa ambición tiene de glorioso y de frágil.
Pero sería un error leer Una ciudad flotante como un simple himno al progreso. Verne era demasiado inteligente para la ingenuidad. Entre las cubiertas del gigante de hierro conviven pasajeros de toda condición, amores contrariados, rencores antiguos y la tensión constante que genera vivir encerrado con extraños sobre un mar que no perdona. El océano, aquí, no es decorado: es presencia, es carácter, es recordatorio permanente de que la naturaleza no ha firmado ningún tratado con la técnica.
Lo que sorprende al lector de hoy es la modernidad del tono. Verne no escribe desde la distancia del narrador omnisciente que todo lo sabe y todo lo juzga; escribe desde dentro, con la incomodidad y el asombro de alguien que está ahí, que huele el salitre y siente el balanceo. Hay páginas en esta novela que tienen más de diario de viaje que de ficción, y esa porosidad entre lo vivido y lo imaginado le da una textura que pocas obras de su tiempo poseen.
También hay algo profundamente humano en la elección del escenario. Un trasatlántico es uno de esos lugares donde la vida queda en suspenso: has dejado un continente y aún no has llegado al otro, y en ese intervalo las personas se revelan de maneras que en tierra firme nunca se permitirían. Verne lo aprovecha con una sutileza que a veces sus lectores más apresurados no le reconocen.
Esta es una de las obras menos celebradas de su autor y, paradójicamente, una de las más personales. No hay aquí viajes al centro de la tierra ni veinte mil leguas de profundidad submarina; hay algo más difícil de fabricar: la sensación de que el escritor estaba realmente allí, mirando, escuchando, preguntándose qué significa construir algo tan grande y tan vulnerable al mismo tiempo.
Abrirla es subir a cubierta en plena madrugada atlántica, cuando el viento arrecia y las luces del salón llegan amortiguadas desde abajo. Todo está en movimiento. Todo, también, está a punto de comenzar.