Introducción
Iván Alexievitch viaja el mismo día de su boda, radiante y con unas copas de coñac de más. Se ha subido a un tren, aunque no está muy seguro de a cuál, y se topa con un viejo conocido. Ante él y el resto de pasajeros se lanza a un discurso exaltado sobre la felicidad: se declara «el más feliz de los mortales» y proclama su filosofía —«el hombre es el creador de su propia felicidad»—, que basta con querer para ser dichoso, que hay que amar y casarse sin filosofar tanto, que «la sencillez es una gran virtud».
Chéjov deja que el novio despliegue toda su teoría de la dicha… para desinflarla de un pinchazo. Cuando pregunta el destino, descubre lo impensable: tras el coñac en la estación, subió al tren que cruzaba en dirección contraria. Va camino de Moscú cuando debía ir a Petersburgo, y —lo peor— ha dejado a su flamante esposa sola en el otro tren, con todo el dinero.
La ironía es perfecta: el filósofo de la felicidad, que predicaba que cada cual es dueño de su suerte, arruina la suya por puro descuido. Los pasajeros, entre risas, tienen que hacer una colecta para que el «hombre feliz» pueda ir a buscar a su mujer. Una comedia breve y afilada sobre la distancia entre la teoría y la vida.