Introducción
Hay escritores que, cuando bajan la guardia, se revelan más que en sus grandes obras. Leopoldo Alas «Clarín» es conocido por la ferocidad de su crítica literaria y por la arquitectura monumental de La Regenta, pero en Un viaje a Madrid aparece algo distinto: el hombre detrás del juicio, el provinciano que llega a la capital con los ojos muy abiertos y la pluma sin funda.
Clarín vivió buena parte de su vida en Oviedo, desde donde gobernó con autoridad casi tiránica el gusto literario de su época. Madrid era para él un destino cargado de ambivalencia: la ciudad que concentraba el poder cultural, la fama y los cenáculos literarios, pero también la vanidad, la pose y esa peculiar forma española de confundir el ruido con la sustancia. Cuando viaja a ella y decide escribir sobre ese viaje, no está haciendo turismo: está ajustando cuentas con un mundo que le fascina y le irrita a partes iguales.
Lo que encontrará el lector en estas páginas no es una guía ni una crónica al uso. Es algo más parecido a un monólogo interior con paisaje: la mirada de un hombre inteligentísimo que observa, compara, se indigna, se divierte y, de vez en cuando, se deja sorprender por algo que no esperaba admirar. El humor de Clarín no es el humor amable del costumbrismo; tiene filo, tiene velocidad, y a veces corta antes de que uno se dé cuenta.
Hay en este texto una tensión que lo hace especialmente vivo: la de alguien que pertenece a la periferia y que, al pisar el centro, no queda deslumbrado sino más lúcido. Clarín no llega a Madrid a rendirse; llega a ver. Y esa diferencia lo cambia todo, porque convierte lo que podría haber sido un cuaderno de impresiones en un ejercicio de disección cultural de primer orden.
La prosa de Clarín tiene aquí una agilidad que sorprende a quienes lo conocen solo por sus textos más solemnes. Las frases se doblan sobre sí mismas, se interrumpen, se corrigen, como si el pensamiento estuviera ocurriendo en tiempo real. Leerlo es asistir a una inteligencia en movimiento, no a una inteligencia que ya ha llegado a sus conclusiones y las expone con orden.
Y sin embargo, bajo esa agilidad hay algo más hondo: una pregunta que recorre el texto sin formularse nunca del todo, la pregunta sobre qué significa la vida cultural en un país como España a finales del siglo XIX, qué se pierde y qué se gana en el traslado del margen al centro, si el talento florece mejor en la distancia o se marchita en ella.
Que Clarín escribiera esto siendo ya un nombre consagrado le da al texto una libertad particular. No necesita impresionar a nadie, no busca abrirse puertas. Puede permitirse la ironía sin red, la ternura sin coartada y la crítica sin disimulo. Esa libertad se nota en cada párrafo.
Leer Un viaje a Madrid es, en cierto modo, viajar con el mejor compañero posible: alguien que conoce el terreno mejor de lo que aparenta, que señala lo que otros no ven y que, cuando calla un momento, es porque está pensando algo que vale la pena esperar.