Introducción
Chéjov disecciona en este cuento la tiranía doméstica con una precisión implacable. Stefan Stefanovitch Gilin se despierta de pésimo humor —tras una pérdida al juego, una borrachera o un mal de estómago— y recorre la casa refunfuñando, buscando pretextos para descargar su malestar sobre su mujer y los criados. Pero es durante la comida, con toda la familia y una invitada presentes, cuando su despotismo alcanza su cima más odiosa: primero desprecia la sopa, luego la emprende con su hijo.
Fedia, un niño enfermizo de siete años, se convierte en el blanco de una humillación sistemática: el padre le critica cómo se sienta, cómo sostiene la cuchara, lo llama «bestia», «bruto», «ganapán», lo hace llorar y lo castiga sin comer, arrinconándolo. Y todo lo hace revestido de virtud, en nombre de la educación y de la verdad: «Nadie tiene derecho a comer de balde. Hay que ser un hombre». Cuando su mujer protesta, él se erige en mártir incomprendido: «Yo soy así. Me es imposible mentir. Yo no puedo ser hipócrita. Siempre digo la verdad lisa y llana».
Retirado a dormir la siesta, lo asaltan los remordimientos, pero el amor propio le impide toda sinceridad. Y a la mañana siguiente, disipada la resaca, amanece silbando y jovial, y le pide al niño: «Ven, chiquitín, besa a tu padre». Fedia, pálido y receloso, se acerca, lo besa en la mejilla y vuelve en silencio a su sitio. «Un padre de familia» es un retrato demoledor del déspota doméstico que confunde su mal humor con la virtud, y del daño silencioso que deja en un niño.