Introducción
Hay cuentos que se leen en diez minutos y se piensan durante días. «Un jornalero», de Leopoldo Alas «Clarín», pertenece a esa estirpe escasa y perturbadora: narraciones breves que guardan dentro una carga moral tan densa que la página parece pesar más de lo que mide.
Clarín es, para muchos lectores, ante todo el autor de La Regenta, esa catedral de la novela española del siglo XIX que intimida por su extensión y deslumbra por su precisión quirúrgica. Pero el Clarín cuentista es otra criatura: más concentrado, más feroz, capaz de clavar una verdad incómoda en el espacio de unas pocas escenas. Sus relatos cortos no son ejercicios menores ni bocetos; son, a su manera, pequeños artefactos perfectos donde la ironía y la compasión conviven en una tensión que no se resuelve fácilmente.
«Un jornalero» nace de esa España que Clarín conocía bien y que le dolía: la España de las desigualdades brutales, del trabajo sin recompensa, de las vidas que transcurren invisibles para quienes detentan el poder o la comodidad. El título mismo es ya una declaración de intenciones. No un héroe, no un caballero, no un señor: un jornalero. Alguien que cobra por días, que existe en la precariedad más elemental, que depende del sol y del capricho ajeno para llevar algo a la mesa.
Lo que hace singular a este texto dentro de la producción de Clarín es la temperatura emocional con que está escrito. El autor de los artículos más temidos del periodismo literario español —sus paliques podían hundir una reputación de un plumazo— aquí guarda la navaja y deja hablar a algo más hondo: una ternura vigilada, casi avergonzada de sí misma, que se filtra entre las líneas con la discreción de quien sabe que el sentimentalismo barato es la peor traición que puede hacerse a los que sufren de verdad.
Clarín no idealiza a su personaje ni lo convierte en símbolo redentor. Eso sería demasiado fácil, y él nunca tomó el camino fácil. Lo que hace es algo más difícil y más honesto: mirarlo. Mirarlo con esa atención sostenida que es, en literatura, la forma más alta del respeto.
Leer este cuento hoy implica enfrentarse a una pregunta que el siglo XIX formuló con claridad y que el siglo XXI no ha sabido responder del todo: qué le debemos, como sociedad, a quien trabaja con el cuerpo hasta el límite. La pregunta no ha envejecido. Tampoco la incomodidad que provoca.
El estilo de Clarín en sus cuentos tiene algo de bisturí: frases que parecen neutras y de pronto abren algo. No hay ornamento gratuito, no hay palabra de relleno. Cada detalle cumple una función, y esa economía narrativa —tan difícil de lograr, tan fácil de admirar— es parte del placer de leerlo.
Este es un texto pequeño que no pretende ser pequeño. Clarín sabía que la brevedad no es modestia: es exigencia. Y en esa exigencia, en esa negativa a desperdiciar ni una sola línea, reside buena parte de su grandeza. Ábralo, pues, con calma. Merece esa calma.