Introducción
Dos cazadores que pasan la noche en una porchada conversan sobre las personas que viven encerradas en sí mismas, y uno de ellos, el maestro Burkin, evoca a un antiguo colega inolvidable: Belikov, profesor de griego. Belikov es el hombre «enfundado» por excelencia: aun con buen tiempo lleva chanclos, paraguas con funda, abrigo forrado, gafas ahumadas y tapones en los oídos; guarda hasta el cortaplumas en un estuche. Todo en él tiende a aislarse, a envolverse, a protegerse de la vida real, que lo irrita y lo asusta.
Su lema —«temo las consecuencias»— resume una existencia dominada por el miedo y la sumisión a las reglas: solo entiende las circulares que prohíben, desconfía de todo lo que se autoriza y siembra la angustia entre sus colegas hasta convertirse, durante quince años, en el tirano invisible de todo el colegio y de la ciudad entera, donde nadie se atreve a nada. Chéjov construye así una sátira demoledora del conformismo y del pequeño déspota que atemoriza a su alrededor.
El relato alcanza su clímax cómico y trágico cuando Belikov está a punto de casarse con la alegre y risueña Varenka. Pero una caricatura, la visión escandalosa de la muchacha en bicicleta y, sobre todo, un empujón escaleras abajo de su hermano —rematado por las carcajadas de Varenka— acaban con él: se acuesta y muere en un mes, y en el ataúd parece feliz, «metido al fin en un estuche del que ya no saldría nunca». Pero la moraleja es amarga: muerto Belikov, «¡cuántos hombres enfundados existían aún sobre la Tierra!». Una de las grandes parábolas de Chéjov sobre el miedo, la libertad y la vida amordazada.