Introducción
Imagina a un artista tan absorbido por su oficio que decide no bajar nunca de su trapecio. Come allí arriba, duerme allí, recibe visitas allí; el mundo le sube lo necesario en pequeños recipientes. Así empieza esta parábola de Kafka: con una imagen absurda y perfecta de la entrega absoluta al arte —o de la prisión que uno mismo se construye.
Todo funciona mientras nada cambie. El drama estalla cuando al trapecista se le ocurre una idea nueva: necesita dos trapecios en vez de uno. No hay motivo real; es la semilla de una insatisfacción que ya no le dejará en paz. «Sólo tengo una barra en mis manos, ¡cómo puedo seguir viviendo!», solloza. Y el lector entiende que la perfección alcanzada no da paz: engendra la siguiente exigencia.
Kafka cierra con una imagen inolvidable: el empresario que, mientras el artista duerme, cree ver «los primeros surcos de la preocupación» grabándose en su frente lisa e infantil. La obsesión ha empezado su trabajo. Una miniatura sobre el arte, la ansiedad y lo que cuesta vivir en las alturas.