Introducción
Hay obras de Shakespeare que uno lleva dentro sin haberlas leído: Hamlet, Romeo y Julieta, Macbeth. Y luego está Trabajos de amor perdidos, esa joya extraña que el propio tiempo ha guardado con cierto pudor, como si no supiera muy bien qué hacer con ella. Es, quizás, la comedia más shakespeariana de todas —no en el sentido de la más famosa, sino en el de la más completamente suya—, la que mejor retrata a un autor enamorado del lenguaje hasta el delirio, jugando con las palabras como un malabarista que sabe, en el fondo, que los objetos acabarán cayendo.
La premisa es deliciosa en su absurdo: el rey de Navarra y tres de sus nobles hacen un juramento solemne de consagrarse al estudio durante tres años, renunciando al sueño, a la buena mesa y, sobre todo, a las mujeres. Naturalmente, a los pocos días llega una princesa de Francia con su séquito. El resto, como suele decirse, es inevitable. Pero contar esto así sería reducir la obra a su esqueleto, y Trabajos de amor perdidos es todo lo contrario de un esqueleto: es carne, músculo, ornamento, exceso glorioso.
Shakespeare escribió esta pieza en los años noventa del siglo XVI, probablemente para una representación privada ante un público cortesano que disfrutaría de cada guiño, cada juego de palabras, cada parodia de los estilos literarios en boga. Esa circunstancia explica algo fundamental: la obra no pretende contarnos una historia, sino hacernos sentir el vértigo del lenguaje cuando se convierte en espectáculo. Los personajes no hablan para comunicarse; hablan para seducir, para impresionar, para esconderse detrás de las palabras y, al hacerlo, revelarse del todo.
Aquí reside su singularidad más perturbadora. En ninguna otra obra de Shakespeare el idioma mismo es el protagonista con tanta descaro. Los nobles componen sonetos ridículos que leen en voz alta sin saber que los escuchan. Un pedante llamado Holofernes acumula sinónimos con la devoción de quien cree que la elocuencia es sabiduría. Un soldado fanfarrón construye frases que se derrumban sobre sí mismas. Y en medio de todo eso, las mujeres —inteligentes, irónicas, perfectamente lúcidas— observan la actuación masculina con una sonrisa que no es crueldad, sino comprensión.
Porque si hay algo que esta comedia entiende con una claridad casi cruel, es que el amor y el lenguaje comparten el mismo defecto: ambos prometen más de lo que pueden cumplir. Los hombres juran, declaman, adornan; las mujeres escuchan y saben que las palabras, por hermosas que sean, no bastan. El título lo anuncia sin ambages: estos trabajos se pierden. Y sin embargo, esa pérdida no es amarga. Es, extrañamente, la lección más honesta que Shakespeare pudo haber escrito sobre el deseo.
El final de la obra rompió todas las convenciones de la comedia isabelina. No hay bodas, no hay resolución festiva, no hay el abrazo que lo sella todo. Hay una noticia inesperada, hay un aplazamiento, hay la vida real irrumpiendo en el juego. Algunos lectores lo encuentran desconcertante; otros lo consideran el momento más moderno que Shakespeare escribió jamás. Ambos tienen razón.
Leer Trabajos de amor perdidos hoy es descubrir que hay una forma de hablar del amor que no necesita tomarse en serio para ser profunda, y que la frivolidad, cuando está en manos de un genio, puede ser el camino más directo hacia la verdad.