Introducción
Hay libros que llegan tarde a la fama que merecen, y Su único hijo es uno de ellos. Mientras La Regenta acaparaba toda la gloria de Leopoldo Alas, esta novela —la segunda y última que escribió— esperaba en la sombra, paciente, como si supiera que el lector adecuado acabaría encontrándola. Ese lector eres tú, y te prometo que la espera ha valido la pena.
Clarín la publicó en 1890, cinco años después del monumental fresco asturiano que lo había consagrado, y quizás por eso nadie supo muy bien cómo recibirla. Era demasiado distinta: más corta, más extraña, más irónica, y al mismo tiempo más tierna y más cruel. Los críticos de entonces la miraron con cierta perplejidad. Los lectores de hoy, en cambio, tienen la ventaja de leerla sin el peso de la comparación, y pueden descubrir en ella algo que pocas novelas del siglo XIX español poseen: una modernidad inquietante, casi incómoda.
El mundo que Clarín construye aquí es el de una pequeña ciudad de provincias —ese territorio que él conocía como nadie—, pero la historia que late en su interior es la de un hombre que busca, sin demasiada convicción y con abundante ridículo, algún tipo de trascendencia. Bonifacio Reyes, el protagonista, es uno de los personajes más singulares de nuestra literatura decimonónica: soñador, débil, musical, dominado por una esposa de carácter férreo, incapaz de ser del todo malo o del todo bueno. No es un héroe ni un antihéroe; es, sencillamente, un hombre mediocre que un día descubre que quiere ser algo más. Y esa pequeña llama —ridícula y conmovedora a la vez— es lo que Clarín observa con su mirada de entomólogo genial.
Porque la gran virtud de Alas como novelista es esa doble temperatura: la ironía y la compasión conviven en cada página sin anularse. Se ríe de sus personajes, sí, pero también los quiere. Los desnuda con precisión quirúrgica y luego, casi a escondidas, les tiende la mano. Esa tensión entre el humor corrosivo y la emoción genuina es lo que hace que Su único hijo resulte tan difícil de clasificar y tan fácil de recordar.
La novela también es una meditación sobre la paternidad, sobre el deseo de dejar algo propio en el mundo, sobre la ilusión —quizás la más humana de todas— de que nuestra vida tiene un sentido que va más allá de nosotros mismos. El título lo anuncia con una sencillez que esconde abismos. Ese hijo, ese único hijo, concentra todas las esperanzas y todas las ambigüedades de un relato que nunca dice del todo lo que parece estar diciendo.
Hay además en estas páginas una música literal —Bonifacio toca la flauta, ama la ópera, vive entre notas— que Clarín convierte en metáfora de todo lo que su personaje anhela y no sabe nombrar. La prosa acompaña ese ritmo con una elegancia que no excluye el sarcasmo ni la ternura súbita.
Leer Su único hijo después de La Regenta es un placer; leerla antes, o sola, es un descubrimiento. En cualquier caso, es encontrarse con un escritor en plena posesión de su talento, explorando territorios más íntimos y más arriesgados que los de su obra mayor. Clarín sabía perfectamente lo que hacía. Ahora te toca comprobarlo.