Introducción
Hay escritores que necesitan cientos de páginas para decir lo que Clarín decía en diez. No es que le sobrara talento para la novela larga —La Regenta ahí está, monumental y perfecta—, sino que poseía también ese otro don más difícil de explicar: la capacidad de comprimir un mundo entero en el espacio de un cuento. Snob es exactamente eso: un mundo comprimido, una pequeña bomba de relojería envuelta en papel de seda.
Leopoldo Alas escribió este relato en los últimos años del siglo XIX, cuando España miraba a Europa con una mezcla de admiración y complejo de inferioridad que todavía hoy nos resulta reconocible. La burguesía española quería ser moderna, quería ser cosmopolita, quería ser —sobre todo— lo que no era. Y Clarín, que era ante todo un observador despiadado disfrazado de ironista amable, tomó nota.
El título lo dice casi todo, y sin embargo no dice nada hasta que uno lee. Snob era entonces una palabra nueva, importada, brillante como un objeto de escaparate. Designaba a quien imita con afán los modales, los gustos y las poses de quienes considera superiores; a quien confunde el barniz con la madera, la apariencia con la sustancia. Clarín eligió esa palabra extranjera con una precisión quirúrgica: el propio título ya es una pequeña trampa, un espejo tendido al lector antes de que abra la primera página.
Lo que encontrará dentro no es una sátira gruesa ni un sermón moral. Clarín nunca fue tan torpe. Su crítica funciona como el veneno de ciertas plantas: entra sin avisar, con una fragancia casi agradable, y solo después uno nota el efecto. Los personajes de este relato no son caricaturas; son personas que uno reconoce, que quizás ha visto en una cena, en una reunión, en el espejo de un momento de debilidad propia.
Porque esa es la incomodidad secreta que guarda Snob: no señala solo a los demás. La imitación servil, el deseo de pertenecer, la angustia de quedar fuera de lo que se considera distinguido son impulsos humanos demasiado universales para que ningún lector honesto se sienta completamente a salvo. Clarín lo sabía, y por eso su ironía no es cruel sino melancólica, como la de alguien que ríe de una enfermedad que también él ha padecido.
El estilo de estas páginas tiene la elegancia tensa de quien domina perfectamente su instrumento. Cada frase está colocada donde debe estar; cada adjetivo trabaja. Leer a Clarín en sus cuentos es asistir a una demostración de lo que la prosa española puede hacer cuando está en manos de alguien que la conoce hasta el hueso.
Han pasado más de cien años desde que Leopoldo Alas escribió este texto, y el fenómeno que describe no solo no ha desaparecido: ha encontrado en nuestro tiempo territorios de expansión que él no habría podido imaginar. Las redes sociales, la cultura de la imagen, la ansiedad de curar una identidad pública impecable son el ecosistema perfecto para los personajes que habitan estas páginas. Snob se lee hoy como una radiografía, y la radiografía sigue siendo válida.
Así que aquí está: breve, afilado, más hondo de lo que su extensión promete. Un cuento que dura lo que un café y permanece bastante más.