Introducción
Es una tarde de noviembre y la angustia se ha vuelto «insoportable». El narrador corre por su habitación «como en una pista de carreras» y grita «solo para oír el grito, al que nada responde». Entonces se abre la puerta y entra, «como un pequeño fantasma», un niño. Y comienza uno de los diálogos más desconcertantes de Kafka.
Porque la conversación entre el hombre y el niño-fantasma no aclara nada: es un ir y venir de cortesías crispadas, reproches, amenazas veladas y susceptibilidades. El anfitrión insiste en cerrar la puerta; el niño lo desarma con réplicas imposibles. Lo sobrenatural, en Kafka, no da miedo por lo que es, sino por lo que representa: la aparición es la infelicidad misma tomando forma, y el «miedo verdadero», dice el narrador después a un vecino en la escalera, «es el miedo a la causa de la aparición. Y ese miedo permanece».
El final desactiva toda la tensión con una frialdad melancólica muy suya: liberado ya del fantasma, el hombre podría salir a pasear, pero «como me sentía tan solo, preferí subir y me acosté a dormir». Una miniatura sobre la soledad, escrita con la lógica onírica y el humor sombrío de Kafka.