Introducción
Hay una pregunta que Roberto Arlt no dejó de hacerse en ninguna de sus obras: ¿qué le ocurre a un hombre corriente cuando de pronto se le ofrece la posibilidad de ser otro? No un héroe, no un villano de novela, sino simplemente alguien distinto a ese ser opaco y olvidable que el mundo ha decidido que es. En Saverio el cruel, estrenada en 1936, esa pregunta estalla en escena con una violencia cómica y perturbadora que pocas obras del teatro argentino han igualado.
El punto de partida es casi una broma: un grupo de jóvenes burgueses decide gastarle una broma elaborada a Saverio, un modesto vendedor de manteca. Le harán creer que debe interpretar el papel de un coronel despiadado para curar, supuestamente, la locura de una de las chicas del grupo. Saverio acepta. Y aquí empieza el verdadero teatro, porque Arlt sabía —lo sabía en los huesos— que no hay nada más peligroso que darle a alguien sin poder la oportunidad de ensayar el poder.
Arlt llegó al teatro tarde, cuando ya era conocido por sus novelas febriles y sus Aguafuertes periodísticas, esas crónicas afiladas donde retrataba Buenos Aires con la precisión de quien la ha padecido desde abajo. No era un hombre de salones literarios ni de academias; era un autodidacta voraz, hijo de inmigrantes, que escribía con urgencia y con rabia. Esa urgencia se siente en cada réplica de esta obra: los diálogos no decoran, golpean.
Lo que hace singular a Saverio el cruel dentro del teatro de su época es que Arlt no elige un bando. No hay víctimas puras ni verdugos inequívocos. La crueldad del título no pertenece solo al personaje que la encarna: se distribuye, se contagia, se vuelve ambigua hasta el vértigo. ¿Quién engaña a quién? ¿Quién termina creyéndose su propio papel? La obra juega con esas preguntas sin condescendencia, sin resolverlas con moraleja.
Hay algo profundamente moderno en esa negativa a consolar al espectador. Arlt entendía que el teatro no debe tranquilizar sino desestabilizar, hacer que uno salga de la sala mirando de otro modo a las personas que lo rodean —y, sobre todo, mirándose a sí mismo con una incomodidad nueva. En ese sentido, Saverio el cruel no ha envejecido ni un día.
La obra también es, a su manera, una meditación sobre la ficción misma: sobre lo que sucede cuando el juego se toma en serio, cuando la representación se vuelve más real que la realidad que pretendía imitar. Arlt construye un teatro dentro del teatro, pero sin artificio intelectual; lo hace con personajes de carne y deseo, con humillaciones reconocibles, con ese humor negro que en Argentina tiene una tradición larga y honrosa.
Leer Saverio el cruel —y digo leer porque el texto resiste y recompensa la lectura en silencio, no solo la representación— es encontrarse con una voz que no pide permiso. Arlt escribe como quien tiene poco tiempo y mucho que decir, y esa tensión se transmite al lector con una electricidad que pocas dramaturgias logran sostener en la página.
Aquí está Saverio, con su delantal de vendedor y sus sueños de coronel. Aquí está la pregunta que Arlt le tiende al lector como si fuera una trampa amable: ¿y tú, qué harías si te ofrecieran el papel?