Introducción
Todo lo que les ocurre a Romeo y Julieta —conocerse, enamorarse, casarse en secreto, perderlo todo— sucede en apenas cuatro o cinco días. No es un descuido: es la decisión más audaz de la obra. Shakespeare tomó la historia de un largo poema inglés de Arthur Brooke, donde el idilio se estiraba a lo largo de nueve meses, y la comprimió hasta convertirla en un incendio. Porque de eso trata la tragedia más famosa del mundo: de la velocidad con que arde el primer amor, ese que lo quiere todo ahora y no concibe el mañana.
La escena es Verona, y el conflicto es antiguo. Dos familias, los Montesco y los Capuleto, se odian desde hace tanto que ya nadie recuerda por qué. En medio de esa guerra heredada, dos jóvenes se miran por primera vez en una fiesta y, en ese instante, el mundo se reorganiza a su alrededor. Él es Montesco; ella, Capuleto; su amor nace, por tanto, condenado desde el primer segundo, y esa condena es lo que lo vuelve tan puro y tan desesperado.
Conviene recordar algo que solemos olvidar: Julieta tiene trece años. En el poema de Brooke tenía dieciséis; Shakespeare la hizo aún más joven, casi una niña, y sin embargo la dotó de una lucidez y un coraje que superan a los de todos los adultos que la rodean. Es ella, no Romeo, quien piensa con claridad, quien toma las decisiones difíciles, quien mira de frente lo que los demás no se atreven a nombrar.
Hay otro cambio decisivo. El poema original era casi un sermón: castigaba a los amantes por desobedientes, los usaba como ejemplo de lo que no se debe hacer. Shakespeare le dio la vuelta por completo. Puso de su lado toda la belleza del lenguaje y todo el calor de la juventud, y transformó una advertencia moral en un himno. Ya no leemos la historia para aprender una lección, sino para llorar con ellos.
Y está el lenguaje, claro. Aquí Shakespeare escribió algunas de las escenas y los versos más célebres jamás compuestos: el encuentro en la fiesta, la conversación bajo el balcón, las despedidas al amanecer. Su poesía convirtió el deseo en música y ha moldeado la manera en que Occidente entero habla del amor; muchas frases que decimos sin pensar nacieron en estas páginas.
De aquí desciende, de un modo u otro, casi todo lo que hemos contado después sobre el amor imposible: óperas, ballets, canciones, películas, un musical entero trasladado a las calles de Nueva York. «Romeo y Julieta» dejó de ser un título para volverse una expresión, un modo universal de nombrar a dos que se aman contra el mundo.
No hace falta ser experto en Shakespeare para dejarse arrastrar: basta con leerla como lo que es, un torrente de amor y de tragedia. Y aunque conozcas el final —todos lo conocemos—, golpea igual, porque la fuerza de la obra nunca estuvo en la sorpresa, sino en vernos correr, junto a ellos, hacia lo inevitable.
Empieza por esa fiesta en la casa de los Capuleto, donde un joven Montesco no debería estar. En unos pocos segundos va a cruzar una mirada con la hija del enemigo, y a partir de ahí el reloj ya no se detendrá.