Introducción
Hay una pregunta que Julio Verne se hizo a sí mismo en 1886 con una honestidad casi provocadora: ¿y si el futuro no perteneciera a quienes sueñan, sino a quienes conquistan? De esa incomodidad nació Robur, un personaje que no pide permiso, no debate ni espera consenso. Aparece, demuestra y desaparece. Y al lector le queda la extraña sensación de haber sido secuestrado —literalmente— por una idea.
La novela arranca en el seno del Weldon Institute de Filadelfia, un club de entusiastas del globo aerostático convencidos de que el aire solo puede conquistarse mediante aparatos más ligeros que él. Son hombres de fe, casi de religión. Y entonces irrumpe Robur el Conquistador, que sostiene exactamente lo contrario: que el futuro de la aviación pertenece a las máquinas más pesadas que el aire, a la fuerza bruta del ingenio mecánico. La discusión no termina en debate: termina en rapto. Robur se lleva a sus detractores a bordo del Albatros, su prodigiosa nave voladora, y les obliga a ver el mundo desde arriba.
Lo que hace singular a este Verne es su disposición a incomodar. Robur no es el héroe amable de otras novelas; es arrogante, inflexible, casi despótico en su certeza. Verne construye con él algo que en 1886 resultaba perturbador y que hoy sigue sin resolverse del todo: el retrato de un genio que tiene razón pero que ejerce esa razón como una forma de violencia. ¿Admiramos a Robur? ¿Lo tememos? La novela se niega a responder por nosotros.
El Albatros sobrevuela continentes, océanos y desiertos con una precisión casi insolente. Verne, que nunca voló en su vida, describe el mundo desde las alturas con una minuciosidad que asombra: la curvatura de los ríos vistos desde arriba, la geometría inesperada de las ciudades, la pequeñez súbita de todo lo que en tierra parece monumental. Hay en esas páginas una embriaguez del espacio que ningún mapa puede reproducir.
Pero Robur el conquistador es también, y quizá sobre todo, una novela sobre el conflicto entre visiones del mundo. Los miembros del Weldon Institute no son tontos ni cobardes: son hombres de su tiempo, atrapados en una convicción que el futuro va a desmentir. Verne los trata con una ternura irónica que dice mucho de su propia relación con el progreso: lo admiraba y le temía a partes iguales.
Publicada el mismo año en que Karl Benz patentaba su primer automóvil y apenas dos décadas antes de que los hermanos Wright despegaran en Kitty Hawk, la novela tiene la rarísima virtud de haber sido profética sin pretenderlo. Verne no sabía que tenía razón sobre la aviación de ala fija; simplemente seguía la lógica de su personaje hasta el final, con esa disciplina narrativa que distingue a los grandes.
Y luego está el final, que no conviene revelar, pero sí advertir: Verne no cierra esta historia como se cierra una demostración matemática. La cierra como se cierra una pregunta. Robur vuelve a desaparecer en el horizonte, y uno no sabe del todo si ha leído una aventura o un manifiesto, una utopía o una amenaza. Esa ambigüedad es el mayor regalo que la novela deja en las manos del lector.
Abrir estas páginas es subir a una nave que no pide tu opinión sobre si debe volar. Ya vuela. Lo que Verne te ofrece es la ventana.