Introducción
¿Qué serías capaz de hacer si lo perdieras todo y tuvieras que empezar de cero, tú solo, en una tierra desierta, sin más recursos que tus manos y tu ingenio? Esa pregunta fascinante está en el origen de Robinson Crusoe, la novela de Daniel Defoe que hace tres siglos inauguró un género entero y creó uno de los mitos más perdurables de la cultura occidental: el del náufrago que sobrevive y se rehace en su isla.
La historia comienza con un joven inquieto que, desoyendo los prudentes consejos de su padre, abandona la comodidad de su hogar para lanzarse al mar. Tras años de aventuras, comercio y contratiempos, un violento naufragio lo deja como único superviviente en una isla deshabitada, frente a las costas de América. Allí, con lo poco que consigue rescatar del barco antes de que se hunda, Robinson deberá enfrentarse a la más extrema de las soledades y al desafío de sobrevivir sin ayuda de nadie.
Lo apasionante de la novela es asistir, paso a paso, a la reconstrucción de una vida entera desde la nada. Robinson aprende a levantar un refugio, a cazar y domesticar cabras, a sembrar cebada y arroz, a fabricar pan, cestos y vasijas, a fechar los días con muescas en un poste, a defenderse. Cada pequeño logro —una cosecha, una herramienta, un techo— se convierte en una victoria emocionante del ingenio y la voluntad humana sobre la adversidad. Defoe narra todo ello con un realismo tan minucioso y convincente que durante siglos muchos lectores creyeron estar ante una historia verídica.
Pero Robinson Crusoe no es solo una novela de supervivencia. Es también la historia de una transformación interior. En su soledad, el protagonista aprende a mirar su vida de otro modo: lleva una especie de contabilidad del bien y del mal que le ha tocado, descubre motivos de gratitud incluso en la desgracia, y encuentra en la fe y la reflexión un consuelo que antes no conocía. La isla, que empezó siendo una cárcel, acaba siendo también el lugar donde Robinson se convierte, por fin, en dueño de sí mismo.
Y cuando la historia parece un puro combate del hombre contra la naturaleza, un detalle escalofriante lo cambia todo: la huella de un pie humano en la arena. Con ella irrumpen el miedo, los caníbales y, más tarde, el encuentro con Viernes, el nativo al que Robinson salva y que se convierte en su compañero: una relación célebre y no exenta de la mirada de su época, que abre la novela a nuevas aventuras y a la vuelta, al fin, a la civilización.
Publicada en 1719, Robinson Crusoe está considerada una de las primeras novelas modernas y la madre de todas las historias de náufragos e islas desiertas, imitada e reinventada mil veces desde entonces. Leerla hoy sigue siendo un placer y una aventura: la de acompañar a un hombre corriente que, arrojado al límite, descubre de qué es capaz el ser humano cuando no le queda más remedio que reinventarse por completo.