Introducción
Hay escritores que se revelan enteros en sus obras menores. Leopoldo Alas «Clarín» es uno de ellos: el mismo hombre que construyó la catedral de La Regenta era capaz de condensar un mundo en pocas páginas, con la misma precisión quirúrgica y el mismo amor feroz por la verdad humana. Rivales pertenece a ese territorio íntimo donde Clarín se mueve sin la armadura de la novela larga, y precisamente por eso resulta tan revelador.
Clarín fue, ante todo, un observador implacable. Vivió en la España de la Restauración, esa época de fachadas relucientes y trastiendas turbias, de convencionalismos sociales que aplastaban cualquier impulso genuino. Sus contemporáneos le temían como crítico literario —su pluma podía destruir una reputación en un párrafo— pero le admiraban como narrador, porque cuando contaba, no juzgaba desde arriba: se metía dentro de sus personajes con una empatía que desconcierta.
El título lo dice todo y no dice nada. Rivales. ¿Quiénes rivalizan? ¿Por qué? ¿En qué campo de batalla invisible se libra ese combate? Clarín tiene el don de cargar una palabra sencilla con una ironía que solo se despliega al leer, y este título no es una excepción. Porque la rivalidad que aquí importa no es la que se declara en voz alta, sino la que se cocina en silencio, la que nace del orgullo herido, de la comparación constante, de ese veneno cotidiano que es querer ser —o parecer— más que el otro.
Lo que hace única esta obra dentro del universo de Clarín es su escala. No hay aquí la arquitectura monumental de sus grandes novelas, sino algo más parecido a un grabado: líneas precisas, sombras bien colocadas, y en el centro una escena que parece trivial hasta que de pronto duele. Clarín sabía que la vida española de su tiempo se jugaba en los detalles domésticos, en las conversaciones de salón, en los silencios entre personas que se conocen demasiado bien.
Su prosa tiene una cualidad extraña: es a la vez irónica y compasiva. Puede reírse de un personaje y compadecerlo en la misma frase, puede mostrar la mezquindad de alguien sin quitarle la dignidad. Esa tensión es la que mantiene viva su escritura más de un siglo después, porque no hay en ella el consuelo fácil del moralista ni la crueldad gratuita del cínico.
Leer a Clarín hoy exige poco y da mucho. No pide que conozcas la España decimonónica, porque los mecanismos que describe —la envidia disfrazada de admiración, la competencia que se niega a sí misma, el amor propio que envenena las relaciones más cercanas— son tan contemporáneos que a veces producen una incomodidad reconocible, casi personal.
Hay algo más: Clarín escribe con una velocidad interior que arrastra. Sus frases piensan mientras avanzan, se corrigen, se contradicen, imitan el movimiento real de una mente que no se conforma con la primera respuesta. Leerle es asistir a un pensamiento en acción, y eso, en literatura, es un privilegio escaso.
Rivales es una puerta pequeña que abre a un escritor enorme. Quien entre por ella entenderá por qué Clarín sigue siendo, entre todos los narradores del siglo XIX español, el que más incomoda, el que más divierte y el que más cerca se queda del hueso.