Introducción
Hay reyes que conquistan el mundo y reyes que se conquistan a sí mismos, y entre estos últimos, ninguno resulta tan perturbador ni tan fascinante como Ricardo II. Shakespeare lo sabía. Cuando escribió esta obra, a mediados de la década de 1590, no eligió a un héroe de espada en ristre ni a un villano de manual: eligió a un hombre que gobierna con palabras cuando debería gobernar con actos, y que solo aprende a ser humano en el momento exacto en que deja de ser rey.
Lo que distingue a Ricardo II dentro del inmenso universo shakespeariano es su naturaleza casi musical. Es la más lírica de las obras históricas del bardo, la que más se acerca al poema dramático. Ricardo habla —y habla, y habla— con una elocuencia que desarma y que irrita a partes iguales, porque uno siente que ese hombre podría haber sido el mayor poeta de su reino si el destino no lo hubiera sentado en un trono. Sus palabras son palacios que construye mientras el suelo se hunde bajo sus pies.
Frente a él, Bolingbroke avanza en silencio. Casi no necesita discursos: le bastan los hechos, la determinación, la gravedad de quien sabe que el poder no se declama sino que se toma. La obra entera vive en esa tensión entre el rey que siente demasiado y el usurpador que siente lo justo, y Shakespeare tiene la honestidad de no ponerse del lado de ninguno. Eso, en una época en que la reina Isabel I vigilaba de cerca cualquier representación sobre la deposición de monarcas, era una apuesta extraordinariamente valiente.
No es casual que los conspiradores del conde de Essex ordenaran una representación especial de esta obra la víspera de su fallida rebelión de 1601. Sabían que ver a un rey legítimo despojado de su corona tenía un efecto sobre el público que ningún panfleto podía igualar. El teatro como detonador político: Shakespeare lo entendió antes que nadie, y quizás por eso calibró cada escena con una precisión que hoy sigue resultando inquietante.
Pero reducir Ricardo II a su dimensión política sería empobrecerla. En su centro late una pregunta que no ha envejecido un solo día: ¿qué queda de una persona cuando le arrebatan el papel que creía ser su identidad? Ricardo pierde un reino, sí, pero la obra nos muestra algo más desgarrador: pierde el guion que le daba sentido. Y en ese despojamiento, paradójicamente, se vuelve más real, más hondo, más humano que en todo el esplendor de su corte.
Shakespeare construyó con esta obra el primero de los eslabones de una cadena histórica que continuaría con las dos partes de Enrique IV y Enrique V. Leerla es asistir al origen de una crisis que tardará generaciones en cicatrizar, al primer temblor de una Inglaterra que aprende, a un precio altísimo, que la legitimidad y el poder no siempre habitan el mismo cuerpo.
No se necesita saber nada de historia medieval inglesa para que esta obra le llegue a uno adentro. Basta con haber conocido alguna vez a alguien —o haber sido uno mismo— que confundió el cargo con la persona, el título con el alma. Basta con haber visto cómo ciertas personas solo encuentran su verdadera voz cuando ya no les queda nada que perder.
Ricardo II espera en estas páginas con toda su fragilidad y toda su grandeza. Déjese sorprender por un rey que fracasa de manera magnífica, y por un dramaturgo que, al contarlo, rozó algo parecido a la perfección.