Introducción
Hay libros que nacen de una deuda. Resurrección nació de varias: una deuda moral que Tolstói sentía con los desposeídos de Rusia, una deuda espiritual que arrastraba consigo mismo desde hacía décadas, y quizás también una deuda con la literatura, a la que quiso demostrar, ya cerca de los setenta años, que todavía era capaz de escribir una novela que sacudiera el mundo. Lo consiguió. Publicada en 1899, fue su última gran obra de ficción, y en ella confluyen todas las corrientes que habían agitado su vida entera: la culpa del aristócrata, la búsqueda del sentido, la indignación ante la injusticia y ese amor feroz, casi brutal, por la verdad.
El punto de partida es sencillo y devastador a la vez. Un hombre acomodado reconoce en el banquillo de los acusados a una mujer a quien él mismo, años atrás, sedujo y abandonó. Ese instante de reconocimiento es el motor de todo lo que sigue, pero sería un error leer Resurrección como una historia de redención sentimental. Tolstói no era hombre de sentimentalismos fáciles. Lo que construye a partir de ese momento es un descenso implacable por los sótanos del Imperio ruso: los tribunales, las cárceles, los presidios de Siberia, la burocracia eclesiástica, los salones de Petersburgo. Cada estrato que atraviesa su protagonista revela una capa más de hipocresía social, y el lector siente que el novelista no está inventando: está ajustando cuentas.
Porque Resurrección tiene esa temperatura particular de los libros escritos con urgencia verdadera. Tolstói cedió íntegramente los derechos de la novela para financiar la emigración de los dujobores, una secta perseguida por el zar. Hay en cada página algo de ese gesto: la convicción de que las palabras deben servir para algo más que el placer estético, de que la literatura, si no incomoda al poder, es cómplice suya.
Y sin embargo, Resurrección es también una novela extraordinariamente viva, llena de personajes que se resisten a convertirse en símbolos. La mujer que protagoniza junto al noble su historia paralela de transformación interior es uno de los retratos femeninos más complejos y menos condescendientes que Tolstói trazó jamás. No es una víctima pasiva ni una santa redimida: es alguien que ha aprendido a sobrevivir en un mundo que la aplastó, y que mira con una lucidez incómoda a quienes llegan a salvarla.
El estilo de Tolstói en esta novela es más austero que en sus grandes frescos anteriores, más directo, casi cortante en algunos momentos. Como si hubiera decidido que la ornamentación era otro lujo que no podía permitirse. Esa desnudez formal tiene algo de manifiesto: el escritor que en su juventud deslumbraba con la riqueza de su prosa elige ahora la precisión quirúrgica, y el resultado es una lectura que entra sin avisar y no abandona con facilidad.
Leer Resurrección hoy es descubrir que sus preguntas no han envejecido. ¿Puede alguien reparar el daño que hizo? ¿Tiene sentido el arrepentimiento si llega demasiado tarde? ¿Qué significa vivir de acuerdo con la propia conciencia en un sistema construido sobre la mentira colectiva? Tolstói no ofrece respuestas tranquilizadoras, pero tampoco deja al lector solo con la angustia. Hay en el fondo de esta novela algo que se parece a la esperanza, aunque sea una esperanza ganada a pulso, sin concesiones.
Esta es la última gran voz de uno de los escritores más grandes que ha dado la humanidad. Merece ser escuchada.