Introducción
Hay escritores que hacen literatura y escritores que hacen justicia. Leopoldo Alas, «Clarín», fue de los segundos, aunque nunca renunció a ser también de los primeros. En él convivían el crítico implacable y el narrador sensible, el moralista exigente y el hombre que se sabía, como todos, capaz de equivocarse. Protesto es, en cierto modo, la destilación de esa doble naturaleza: una obra breve, intensa, construida con la precisión de quien ha pasado décadas midiendo las palabras ajenas y sabe exactamente el peso de las propias.
Clarín es conocido sobre todo por La Regenta, esa catedral de la narrativa española del siglo XIX que intimida antes de seducir. Pero hay otro Clarín, el de los cuentos cortos, los artículos encendidos, las piezas que caben en pocas páginas y sin embargo no caben en la memoria: se instalan y no se van. Protesto pertenece a ese territorio más íntimo, donde el autor no necesita el espacio de la novela para decir lo que tiene que decir, porque lo que tiene que decir le quema.
El título ya es una declaración. No una pregunta, no una descripción, no un nombre propio: un acto. Protestar, en el sentido más hondo del término, es negarse a callar ante algo que se considera injusto o falso. Clarín sabía bien lo que era eso. Vivió buena parte de su vida literaria en la incomodidad, enfrentado a mediocridades instaladas, a hipocresías consagradas, a la España que aplaudía lo fácil y silbaba lo verdadero. Cada texto suyo fue, en alguna medida, un protesto.
Pero sería un error leer esta obra como un simple panfleto o una descarga de bilis crítica. Lo que hace a Clarín tan singular —y tan vigente— es que su indignación nunca es fría. Detrás de cada reproche hay una herida, detrás de cada ironía hay una expectativa defraudada. Se enfada porque le importa. Y eso, en literatura como en la vida, marca toda la diferencia.
La prosa de Clarín en estas páginas tiene la agilidad de quien domina el idioma sin necesidad de exhibirlo. No hay ornamento gratuito, no hay perífrasis de relleno. Cada frase avanza con una intención precisa, y sin embargo el conjunto respira, tiene ritmo, tiene incluso humor: ese humor amargo y lúcido que es marca de los grandes inconformistas.
Leer a Clarín en el siglo XXI produce una extraña sensación de familiaridad. Los blancos de su crítica han cambiado de nombre y de traje, pero no del todo de naturaleza. La mediocridad que se autopremia, la solemnidad vacía, el miedo colectivo a señalar lo evidente: todo eso que él vio con tanta claridad en la España de la Restauración tiene sus ecos reconocibles en cualquier tiempo que se quiera mirar con honestidad.
Hay algo liberador en leer a alguien que se atreve a decir en voz alta lo que muchos piensan en silencio. Protesto produce ese efecto: el de encontrar articulado, con elegancia y valentía, algo que uno sentía pero no había sabido formular. Esa es una de las funciones más nobles de la literatura, y Clarín la cumple aquí con una naturalidad que solo da el talento verdadero.
Así que abra estas páginas sin prisa, pero sin demasiada cautela tampoco. Clarín no escribe para ser contemplado desde lejos: escribe para que le respondan, para que el lector tome partido, para que algo se mueva. Si al terminar siente usted también ganas de protestar —o de pensar, que a veces es lo mismo—, habrá leído exactamente como él quería.