Introducción
Dickens abre este relato con una reflexión que sigue siendo verdad: casi todos callamos nuestras experiencias «de índole extraña» por miedo a la incredulidad o la risa. Quien ha visto una serpiente marina la cuenta sin reparos; pero quien ha tenido una visión, un presentimiento o «una impresión mental sobresaliente y singular» duda antes de admitirlo. Y esa reticencia, dice, es la que envuelve en silencio lo inexplicable. Con esa coartada, el narrador —un discreto empleado de banca— se dispone a contar lo que le sucedió.
Todo empieza al leer en el periódico el descubrimiento de un asesinato. Esa misma mañana ve pasar por Piccadilly a dos hombres —uno perseguido, el otro amenazándolo con un gesto—, a los que nadie más parece percibir. Poco después, una figura «de rostro color de cera impura» se le aparece en su propia casa y lo llama con un ademán silencioso; su criado, al tocarlo, exclama aterrado: «¡Un hombre muerto llamando con un gesto!». Cuando es citado como jurado en el proceso, reconoce en el acusado al primero de aquellos hombres, y en el fantasma, a su víctima.
A lo largo de diez días de juicio, el espectro del asesinado se sienta entre los jurados —siempre hay «uno de más» al contarlos en grupo—, invisible salvo para quienes el narrador toca, y va guiando en silencio el proceso hacia la única sentencia justa. Un cuento de fantasmas magistral sobre la justicia que llega desde más allá de la tumba, y sobre el pudor con que los hombres ocultan lo que no se atreven a creer.