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Acerca del libro

Portada de Por el camino de Swann

Marcel Proust

Por el camino de Swann

Hay libros que se leen y libros que se habitan. Por el camino de Swann pertenece a la segunda categoría, y conviene saberlo antes de abrir la primera página, no para intimidarse, sino para llegar con la disposición correcta: la de alguien que no tiene prisa, que está dispuesto a detenerse en una curva del camino y descubrir que esa curva lo contiene todo. Marcel Proust tenía cuarenta y dos años cuando publicó este volumen en 1913, sufragando él mismo los gastos de edición tras ser rechazado por
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Portada de Por el camino de Swann
Por el camino de Swann
Marcel Proust

Introducción

Hay libros que se leen y libros que se habitan. Por el camino de Swann pertenece a la segunda categoría, y conviene saberlo antes de abrir la primera página, no para intimidarse, sino para llegar con la disposición correcta: la de alguien que no tiene prisa, que está dispuesto a detenerse en una curva del camino y descubrir que esa curva lo contiene todo.

Marcel Proust tenía cuarenta y dos años cuando publicó este volumen en 1913, sufragando él mismo los gastos de edición tras ser rechazado por varios editores que no supieron ver lo que tenían entre las manos. Años después, uno de ellos admitiría que había cometido el mayor error de su vida profesional. No es difícil entenderlo: Por el camino de Swann no se parece a nada que existiera antes. No tiene la arquitectura de la novela decimonónica, no avanza como avanzan las historias que uno espera, no promete ni cumple de la manera habitual. Promete y cumple de otra manera, más profunda y más extraña.

Todo comienza con un hombre que no puede dormir. Esa vigilia nocturna, ese estado fronterizo entre el sueño y la conciencia, es la puerta de entrada a un universo que Proust construyó durante años con una paciencia casi monástica, encerrado en su célebre habitación forrada de corcho para protegerse del ruido y del mundo. Lo que emerge de esa oscuridad no es una trama en el sentido convencional, sino algo más parecido a la memoria misma: discontinua, caprichosa, extraordinariamente vívida en los detalles que elige conservar.

La famosa magdalena mojada en té —ese instante en que un sabor desencadena una avalancha de tiempo recuperado— se ha convertido en uno de los emblemas más reconocibles de la literatura universal. Pero reducir el libro a ese momento sería como decir que el océano es notable por una ola. Lo que Proust descubrió, y lo que este libro demuestra página a página, es que la memoria involuntaria tiene el poder de devolvernos no solo los hechos del pasado, sino su textura emocional completa, su luz, su temperatura, el peso exacto de lo que sentíamos.

Hay en estas páginas una infancia en Combray que es, al mismo tiempo, la infancia de todos; hay un amor —el de Swann por Odette— narrado con una lucidez tan implacable que duele reconocerse en él; hay una sociedad burguesa y aristocrática francesa retratada con una ironía tan fina que a veces pasa desapercibida, como una hoja de bisturí. Proust observa a sus personajes con la misma atención con que un entomólogo observa sus especímenes, pero sin crueldad: con una compasión que nace de entender que todos somos, en el fondo, prisioneros de nuestros deseos y nuestros recuerdos.

Su prosa es, en sí misma, un acontecimiento. Las frases se despliegan como ríos que recogen afluentes, que se bifurcan, que rodean una idea antes de nombrarla, que confían en que el lector los seguirá porque el paisaje merece el rodeo. Leer a Proust es aprender a leer de otra manera, a no tener miedo de la lentitud, a descubrir que en la lentitud vive una forma de placer que la prisa nos niega.

Este primer volumen de En busca del tiempo perdido es, a la vez, una obra completa y un umbral. Puede leerse como un mundo cerrado y satisfactorio en sí mismo, o puede ser el comienzo de uno de los viajes más extraordinarios que la literatura ofrece. En cualquier caso, algo cambia en quien lo lee. La mirada se afina. El tiempo se vuelve más denso. Y ciertas tardes de verano, ciertos olores, ciertas músicas, adquieren de pronto un peso que antes no tenían.

Proust murió en 1922 sin ver publicados todos los volúmenes de su gran obra, pero sabiendo que había escrito algo que duraría. Tenía razón. Un siglo después, Por el camino de Swann sigue siendo un libro vivo, urgente, capaz de hablarle a cualquiera que se haya preguntado alguna vez qué se hace con el tiempo que se va.

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Cada gran obra esconde gemas del pensamiento

Hay frases que atraviesan los siglos, revelan verdades profundas y muchas veces cambian vidas. Viven escondidas en las obras que han marcado la historia de la humanidad. Leer es minarlas: cuando encuentres una que de verdad lo sea, márcala; si es una gema, se publicará con tu nombre en la página del autor y del libro. También descubrirás las gemas que ha hallado la comunidad.

No toda frase es una gema: una gema se sostiene sola, dice algo profundo y resuena en cualquiera.

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