Introducción
Un señor llama a su despacho a Yulia, la institutriz de sus hijos, para «ajustar cuentas». Y ante nuestros ojos comete un pequeño atropello tras otro: le descuenta domingos que sí trabajó, días de fiesta, una taza rota, un préstamo que ella jamás pidió. De los ochenta rublos que le debe, el saldo va cayendo a once. Y Yulia, con los ojos llenos de lágrimas, apenas balbucea. Cuando por fin recibe esa miseria, dice: «Merci».
Ahí estalla el relato. El patrón, indignado, revela que todo era mentira —«¡La he desplumado! ¡La he robado!»— y le entrega su sueldo completo. Pero lo que de verdad no soporta es la mansedumbre de ella: «¿Es que se puede vivir en este mundo sin mostrar los dientes? ¿Es que se puede ser tan poquita cosa?». Y en el rostro de Yulia lee la respuesta más terrible: «¡Se puede!».
En dos páginas, Chéjov levanta un retrato perfecto de la sumisión aprendida y de la crueldad cómoda del poderoso. La frase final —«¡Qué fácil es en este mundo ser fuerte!»— cae como una bofetada al propio narrador… y al lector.