Introducción
Antes de las grandes novelas, el joven Dostoyevski ya sabía mirar dentro del alma humillada. En «Polzunkov» retrata a uno de esos personajes que serán su marca: el bufón voluntario. Osip Mihalitch Polzunkov es un hombrecillo inquieto, «como una muñeca bailarina», que se gana la vida dejando que los demás se rían de él; permite las burlas más groseras en su propia cara y, aun así —el narrador está listo para jurarlo—, «su corazón le dolía» al comprender que se reían no de una gracia, sino de él, de todo su ser.
Porque Polzunkov no es un bufón cualquiera: hay algo caballeroso en él, un corazón demasiado sensible, una dignidad que pugna sin cesar con su propia abyección. Es, dice Dostoyevski, «uno de los hombres más honestos y honorables del mundo», pero con una debilidad fatal: la de hacer cualquier cosa, por servil que sea, solo para complacer a un semejante. Un «trapo» en el sentido más completo de la palabra; y a la vez, «un mártir… el más inútil y por lo tanto el más cómico mártir».
Instado por la concurrencia, el propio Polzunkov se sube a una silla y cuenta, entre risas ajenas, la historia tragicómica de su mayor humillación. En ese gesto —hacer espectáculo del propio dolor— está ya todo el Dostoyevski por venir: la fascinación por la degradación, la dignidad herida y la extraña grandeza de los humillados y ofendidos.