Introducción
Hay una escena que Henry James amaba por encima de casi cualquier otra: la del europeo —o el americano europeizado— que desembarca en su propio país y descubre, con una mezcla de fascinación y vértigo, que ya no lo reconoce. En Pandora, ese momento de extrañeza ocurre en alta mar, antes incluso de tocar tierra. Un joven alemán, el conde Vogelstein, cruza el Atlántico con sus libros, sus prejuicios bien encuadernados y sus ideas sobre lo que debe ser una señorita respetable. Y entonces aparece ella.
Pandora Day es, desde su primera aparición en cubierta, una anomalía que el conde no sabe cómo clasificar. Viaja sola, habla con todo el mundo, ríe sin pedir permiso y parece no necesitar de nadie para existir con una energía desconcertante. Vogelstein consulta sus notas mentales sobre América, busca en ellas alguna categoría que la contenga, y no la encuentra. James, que conocía ese desconcierto desde dentro, lo convierte en el verdadero motor de la historia.
Escrita en 1884 y publicada al año siguiente, Pandora pertenece a ese período en que James estaba perfeccionando su gran tema: la fricción entre el Viejo Mundo y el Nuevo, entre el protocolo y la vitalidad, entre lo que se hereda y lo que se conquista. Pero aquí lo hace con una ligereza que sorprende a quienes llegan a él esperando solo densidad psicológica. Hay ironía, hay comedia de costumbres, hay una Washington de salones y recepciones que James dibuja con la precisión afectuosa del que observa desde un ángulo ligeramente oblicuo.
El título no es inocente. Pandora no abre ninguna caja en el sentido mitológico, pero sí desata algo: la incomodidad de un mundo que no sabe qué hacer con una mujer que actúa según sus propias reglas sin declararlo abiertamente, sin escándalo, con una naturalidad que resulta más subversiva que cualquier rebelión. James la llama, con su habitual precisión envenenada, una self-made girl: una joven que se ha fabricado a sí misma en una cultura que, al menos en teoría, lo permite.
Lo que hace singular a este relato dentro de la obra jamesiana es precisamente esa temperatura. No hay aquí el peso moral de Los embajadores ni la sombra trágica de Las alas de la paloma. Pandora es James en modo más ligero, más divertido, casi juguetón, y esa faceta suya es la que menos se conoce y la que más sorprende cuando se descubre.
El lector de hoy encontrará en estas páginas algo que no ha envejecido: la pregunta de qué significa construirse una identidad en una sociedad que dice admirar la independencia pero que, en cuanto la ve de cerca, no sabe muy bien qué hacer con ella. Pandora Day podría caminar por cualquier época con ese mismo paso seguro y esa misma sonrisa que descoloca.
Y Vogelstein, ese observador meticuloso que toma notas y no comprende nada, es también nosotros: cualquier lector que llega con sus categorías preparadas y descubre que la literatura, cuando es buena, las deshace con una elegancia que no duele.