Introducción
Hay libros que se leen con todas las luces encendidas. Otra vuelta de tuerca es uno de ellos, aunque uno acaba descubriendo, con cierta incomodidad, que las luces no sirven de mucho cuando el peligro no está en la oscuridad sino en la propia mirada.
Henry James publicó esta novela corta en 1898, y desde entonces no ha dejado de inquietar a quienes se acercan a ella. No porque sea un relato de terror al uso —no encontrarás aquí monstruos que golpean puertas ni criaturas que emergen de las sombras— sino porque James eligió un territorio mucho más perturbador: la ambigüedad. Lo que ves o crees ver. Lo que sabes o crees saber. La distancia, siempre resbaladiza, entre la percepción y la realidad.
La historia arranca con una institutriz joven que llega a una mansión inglesa para hacerse cargo de dos niños huérfanos, Miles y Flora, de una belleza y una dulzura casi sobrenatural. Casi. Porque muy pronto la institutriz empieza a ver cosas. O a creer que las ve. Dos figuras que aparecen y desaparecen, que los niños parecen conocer, que nadie más parece querer nombrar. Y aquí James ejecuta su golpe maestro: nunca nos dice si esas apariciones son reales. Nunca. Con una precisión quirúrgica, construye una narración que puede leerse de dos maneras completamente opuestas, y ambas son perfectamente sostenibles, y ambas son igualmente aterradoras.
Eso es lo que hace única a esta obra entre toda la literatura fantástica del siglo XIX. No es la historia de fantasmas más escalofriante porque sus fantasmas sean los más terribles; es la más escalofriante porque quizás no haya ningún fantasma. Quizás todo viva en la mente de una mujer joven, sola, enamorada de un hombre ausente, cargando con una responsabilidad que la aplasta. O quizás no. James no resuelve el enigma. Lo aprieta, como reza el propio título, una vuelta más.
James era, ante todo, un escritor obsesionado con la conciencia. Le importaba menos lo que ocurre que cómo lo percibe quien lo vive. En sus novelas largas esa obsesión se despliega con una lentitud deliberada y suntuosa; aquí, en cambio, la concentra, la tensa, la convierte en un instrumento de precisión. El resultado es una prosa que parece transparente y sin embargo oculta, que avanza con calma y sin embargo aprieta el pecho.
Durante más de un siglo, críticos, psicoanalistas y lectores comunes han debatido qué ocurre realmente en Bly, la mansión donde transcurre todo. Edmund Wilson, en los años treinta, propuso una lectura que cambió para siempre la forma de ver el texto. Otros la rebatieron. Nadie ha ganado ese debate, y esa es, precisamente, la victoria de James.
Leer Otra vuelta de tuerca es someterse voluntariamente a una experiencia de incertidumbre sostenida. Es confiar en un narrador que quizás miente, o quizás simplemente no sabe. Es querer proteger a esos niños y no estar seguro de qué —o de quién— hay que protegerlos. Es terminar la última página y quedarse quieto un momento, preguntándote qué acabas de leer.
Pocas veces la literatura ha sabido hacer tanto con tan poco. Pocas veces una historia tan breve ha dejado una sombra tan larga. Abre estas páginas y compruébalo tú mismo, con todas las luces que quieras.